El efecto yoyó de la obesidad, un problema entre la genética y el estilo de vida: «Ocurre casi en el 80 % de los pacientes»
VIDA SALUDABLE
Los expertos destacan que es importante contar cómo sucede este fenómeno a los pacientes de obesidad para que sepan cómo evitarlo
28 nov 2025 . Actualizado a las 16:59 h.Hay mensajes que todo paciente que convive con obesidad debe recibir cuando inicia un proceso de pérdida de peso. El ánimo, la ayuda y las herramientas tienen que ir de la mano de la realidad: la posibilidad de recuperar lo perdido. Saber que esto puede suceder es el primer paso para evitarlo y que la persona se empodere.
Este fenómeno, conocido a nivel popular como el efecto yoyó, es una posibilidad que se ha abordado con frecuencia en la literatura científica. No es para menos. Diego Bellido, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (Seedo) y jefe de endocrinología del CHUF, reconoce que lo ven con frecuencia en sus consultas. «Ocurre casi en el 80 % de los pacientes, es un porcentaje muy alto».
Un estudio publicado en la revista New England Journal of Medicine, que siguió a personas que habían perdido peso durante un año, concluyó que este proceso reduce la leptina —la hormona de la saciedad— e incrementa la grelina —la del hambre—, incluso, doce meses después de haber llegado al peso marcado y aunque los sujetos estuvieran en proceso de mantenimiento. Así, esta investigación señalaba que las adaptaciones que se producen después de reducir el número de la báscula crean un entorno fisiológico que favorece la recuperación de lo perdido.
«La alta tasa de recaída entre las personas con obesidad tiene una base fisiológica sólida y no es simplemente el resultado de la reanudación voluntaria de antiguos hábitos», escribían sus autores, que hacían referencia a mecanismos compensatorios de la propia naturaleza. «Estos serían ventajosos para una persona delgada en un entorno donde los alimentos fueran escasos, pero en un entorno en el que los muy energéticos son abundantes y la actividad física es en gran medida insuficiente, la alta tasa de recaída tras la pérdida de peso no resulta sorprendente», finalizaban.
Otro estudio, en este caso publicado en Obesity Reviews, encontró que los ciclos de pérdida de peso y reganancia favorecen una mayor eficiencia metabólica, o lo que es lo mismo, hacen que el cuerpo aprenda a guardar más energía con menos calorías. Es más, los autores observaron que, con el tiempo, el perfil metabólico de la persona podría empeorar a causa de una mayor resistencia a la insulina, dislipemia y adiposidad visceral, y que el peso recuperado podría superar al perdido.
Además, un hallazgo reciente apunta a que la genética también juega un papel importante en cómo se desarrolla este efecto yoyó. Un estudio publicado en el 2024 en International Journal of Obesity demostró que, tras períodos de pérdida y recuperación de peso, las consecuencias metabólicas no son iguales para todos. Los investigadores observaron que, en modelos animales con diversidad genética, la reganancia rápida se acompañaba de hiperinsulinemia y alteraciones en la secreción de insulina, efectos que eran menos pronunciados en animales con una genética más parecida. Para los expertos, la clave reside en diseñar estrategias de mantenimiento adaptadas a cada persona, más allá de la dieta inicial.
La reganancia de peso de cerca
Lejos de las conclusiones científicas, los profesionales de la salud consultados también ven con frecuencia que, en la mayoría de veces, la pérdida de peso y la posterior ganancia tienen una cosa en común: una dieta muy restrictiva. Quizás, en este planteamiento pueda estar parte del error. La pérdida de masa grasa debe abordarse por todos sus flancos: dieta, ejercicio y aspecto psicológico. Muchos pacientes, con el deseo de conseguir un peso más saludable lo antes posible, recurren a patrones alimentarios “milagro” que quitan —si se permite la hipérbole— hasta las ganas de vivir.
Dietas con un aporte calórico muy bajo que acaban haciendo que el sujeto pierda mucho peso y muy rápido, y a su vez, lo vuelva a ganar. El doctor Bellido explica que las obesidades —así prefiere referirse el experto a esta enfermedad por las múltiples vías que pueden llevar a ello— no solo tienen una manifestación en el cuerpo, sino que se asocia con comorbilidades físicas y psíquicas. «La mayoría de personas que conviven con ella no quieren tenerla y, normalmente, realizan distintos tratamientos con el fin de conseguir una pérdida de peso, en lugar de pensar en un cambio en el tipo de vida», expone. Por ejemplo, una persona que tiene obesidad y es sedentaria, se somete a una restricción calórica. Cuando alcanza su peso, vuelve a lo que hacía antes. Aquí, el problema está servido.
Ahora bien, existen más factores que permiten dibujar, con total precisión, el contexto que rodea al fenómeno yoyó. El primero de ellos: la adaptación metabólica. «En las fases sucesivas en las que uno hace dieta, le va costando, cada vez más trabajo, adelgazar», expone el endocrinólogo del CHUF. Esto se debe a que, tras cada pérdida de peso, el cuerpo reduce su gasto metabólico basal más de lo que cabría esperar: quema menos calorías en reposo y se vuelve más eficiente incluso durante la actividad física cotidiana.
Además, se producen cambios hormonales que aumentan el apetito y disminuyen la sensación de saciedad, creando un terreno fisiológico que favorece la reganancia de peso. En otras palabras, cada ciclo de dieta hace que el organismo sea más “ahorrador”, lo que dificulta mantener los kilos perdidos y potencia el temido efecto yoyó.
El doctor Giuseppe Russolillo, presidente de la Academia Española de Nutrición y Dietética, destaca que el organismo considera cualquier restricción calórica como una agresión, «por lo que el cuerpo tiende a mantener su peso corporal como una defensa». Si se piensa tiene lógica. La evolución del ser humano ha hecho que, en tiempos de hambruna, el cuerpo reduzca su gasto energético (las calorías que consume) con el fin de no perder las reservas energéticas. «Esto lo hemos podido ver, por ejemplo, en personas que han pasado hambre en la posguerra y en la Segunda Guerra Mundial y cuyos hijos y nietos han tenido una mayor tendencia a padecer obesidad», comenta el experto.
Segundo factor: la composición corporal. Paradójicamente, después de que una persona pierde peso, tiene una mayor predisposición a ganar grasa corporal. La causa se encuentra en la biología. «Aunque se vacíen los adipocitos de grasa, que son los almacenes, el cuerpo del paciente obeso siempre tendrá mayor facilidad para rellenarlos», plantea Bellido. Un mensaje importante que al doctor le gusta explicar a sus pacientes.
El juego de hormonas, abordado en algunos estudios científicos, también es de enorme importancia. Durante la pérdida de peso, el equilibrio entre las hormonas orexígenas, «es decir, que aumenta el apetito como la grelina», y las anorexígenas, «que lo disminuyen, como la leptina o las GLP-1», se altera. «Si la persona se siente sometida a un castigo en el proceso de dieta y cuando termina, “se relaja el espíritu”, las hormonas condicionarán esa mayor facilidad para aumentar de peso», plantea el especialista.
En el último de los factores, que en este caso no siguen un orden de relevancia, el endocrinólogo sitúa al placer por comer. «Una persona que ha estado sometida a una especie de restricción durante la dieta, después se sacia con sensaciones placenteras de los alimentos que recibe», precisa.
Eso sí, no todas las reganancias son iguales. Si el peso saludable se mantiene cinco años tendrá más beneficios que aquel que solo perdure seis meses. «No hay que ver a este efecto yoyó como una parte tan negativa, sino que hay que decirle al paciente que puede ganar peso si no mantiene buenos hábitos de vida, pero que piense que, cuánto más tiempo lo mantenga, mejor», añade.
¿Se puede evitar?
La única alternativa con mayores probabilidades de éxito a la hora de evitarlo es la adquisición de buenos hábitos de vida. Es más, la obesidad se considera crónica por los cambios a los que lleva en la propia de la biología de la persona. «Su tratamiento no puede ser a corto plazo, sino que siempre hay que tomarlo como una carrera de fondo», precisa Bellido.
Por un lado, se encuentra una dieta, «donde no haya una reducción mayor de entre 500 y 700 calorías»; así como la práctica de actividad física. «Lo ideal es que haya una combinación de ejercicio aeróbico con ejercicio de fuerza para preservar la masa muscular», expone el endocrinólogo y presidente de la Seedo. «Es más, mantener la actividad física a largo plazo es esencial para evitar la reganancia. Es decir, el efecto yoyó muchas veces tiene su origen en que la persona abandonado la actividad física recomendada», señala.
Por último, si fuese necesario, que exista un apoyo a la conducta del paciente, «para que se sienta a gusto y sea capaz de mantener el cambio»; así como de tratamiento médico y «probablemente, permanente en el paciente», apunta.
Para Russolillo, mientras no se entienda que la obesidad es una enfermedad crónica, «no entenderemos que la respuesta del cuerpo cuando se recuperen los hábitos de vida normal es la vuelta del peso perdido con kilos de más». De hecho, el experto comenta que la clave está en observar el tiempo dedicado a la mejora de hábitos. Si alguien ha perdido 20 kilogramos en seis meses, sin haber mejorado su estilo de vida, «con toda seguridad recupere, incluso, más que lo perdido», augura.