El Atlas Celular Humano pretende mapear todas las células del cuerpo identificando su ubicación y su función. Es uno de los proyectos más ambiciosos del mundo y en él participan 3600 científicos de 102 países. Dos expertos en el Atlas, el biomédico Itai Yanai y el genetista Holger Heyn, nos cuentan cómo esta revolución cambiará la forma de diagnosticar y tratar enfermedades.
Daniel Méndez
Viernes, 20 de marzo 2026, 09:03
Itai Yanai y Holger Heyn observan el cuerpo humano desde una escala que hasta hace poco parecía inalcanzable. Yanai –profesor y director científico de Applied ... Bioinformatics Laboratories en la Universidad de Nueva York– y Heyn –director del Laboratorio de Genómica de Célula Única del Icrea en el Centro Nacional de Análisis Genómico (CNAG) de Barcelona– están en el epicentro de la investigación científica que rodea al Atlas Celular Humano, el gran proyecto internacional que busca cartografiar las células del cuerpo para entender mejor cómo funciona la salud y cómo empieza a torcerla la enfermedad. Ambos participaron en la conferencia Ómicas de célula única y el Atlas Celular Humano, organizada por la Fundación Ramón Areces, en Madrid, junto con Springer Nature. Yanai y Heyn explican a XLSemanal los detalles de este ambicioso proyecto internacional.
XLSemanal. ¿Qué es el Atlas Celular Humano?
Itai Yanai. Yo empezaría con una idea básica: cada uno de nosotros es una gran colonia de células. No todas son iguales. Una célula de la piel no se parece a una del cerebro ni a una del músculo, aunque compartan el mismo genoma. La diferencia está en qué genes están encendidos y cuáles apagados. El Atlas Celular Humano intenta responder justo a eso: en cada célula, ¿qué genes están activos? En el fondo es una forma nueva de mirar el cuerpo. Un microscopio distinto.
Holger Heyn. Y añadiría algo más: no es un objeto fijo. No es una enciclopedia cerrada. Es una manera de entender la complejidad de la vida a nivel celular. El atlas sirve como referencia para entender qué significa estar sano, pero también qué significa ser distinto dentro de la diversidad humana.
XL. Se repite mucho esa metáfora de que es el 'Google Maps del cuerpo'.
H.H. A mí me parece una buena analogía. Sobre todo porque un mapa mejora con la resolución. Google Maps tenía al principio una imagen muy borrosa del mundo y luego fue afinándose. Con el Atlas Celular Humano ha pasado algo parecido. Con un millón de células ves bastante; con cien millones, mucho más. Y hay otra cosa interesante.
XL. Cuente, cuente.
H.H. El cuerpo no es estático. Las células se mueven, interactúan, se bloquean, cooperan. Ese componente dinámico también encaja bien con la idea de un mapa en el que no solo ves calles, sino tráfico.
I.Y. Pero que no dé a entender que ya está todo resuelto. Un mapa ayuda a explorar, no significa que ya lo sepamos todo. Basta con ir a un hospital para entender que no sabemos ni de lejos todo lo que querríamos saber. Hay cáncer, hay enfermedades inflamatorias, hay muchísimo sufrimiento. El atlas no cierra el trabajo. Lo abre.
XL. ¿En qué punto está ahora ese proyecto?
H.H. Estamos cerrando una primera fase. En junio celebramos el décimo aniversario del Atlas Celular Humano, y en Boston se presentará básicamente la versión 1.0: los grandes sistemas y órganos ya tienen sus atlas publicados. Y ahora empieza una nueva etapa, el Atlas Celular Humano 2.0. Ahí hay tres giros muy claros.
XL. ¿Cuáles son?
H.H. El primero es tecnológico: pasamos de disociar células a leerlas cada vez más en el tejido, con genómica espacial. El segundo tiene que ver con la diversidad: el proyecto siempre ha sido internacional, pero la representación de muestras ha estado demasiado centrada en Europa y Estados Unidos. Eso hay que corregirlo. Y el tercero es la enfermedad: el nuevo atlas no quiere quedarse solo en la referencia sana, sino entrar de lleno en los mecanismos celulares que impulsan la enfermedad.
XL. Menciona la diversidad. ¿Hasta qué punto importa? ¿No somos, al fin y al cabo, el mismo cuerpo humano?
H.H. Somos humanos, sí, pero no respondemos todos igual. No reaccionamos del mismo modo al sol, a las infecciones o a los tratamientos, ni tenemos la misma distribución de enfermedades en distintas poblaciones. Si el atlas quiere ser una referencia útil de verdad, tiene que representar mejor esa variedad.
I.Y. Y eso afecta también a la idea de 'normalidad'. Cuando hablamos de un atlas de salud, conviene no borrar la edad, el ambiente, la historia inmunitaria o el origen de cada persona. Lo 'sano' no es una figura plana. Es una referencia necesaria, sí, pero solo el primer paso. Después viene lo difícil: entender cómo se desvían las células en cada contexto concreto.
XL. ¿Servirá el atlas para curar enfermedades?
I.Y. Yo soy optimista. Creo que contar con estos recursos acelera muchísimo los descubrimientos. No te dan la cura por sí solos, claro, pero permiten que muchísima gente construya sobre una base común.
XL. Entonces, si no hablamos todavía de curar en sentido directo, ¿dónde llegará antes el impacto clínico?
H.H. En el diagnóstico, probablemente. Entender mejor la complejidad significa detectar antes qué está fallando. Puedes convertir ciertas señales celulares en biomarcadores tempranos. En mi trabajo con el sistema inmunitario, por ejemplo, vemos que las células de la sangre recogen señales de órganos y tejidos y pueden delatar la enfermedad antes de que el daño sea irreversible. Porque el sistema inmunitario es, en cierto modo, un lector del cuerpo entero. La sangre es una fuente muy atractiva para buscar rastros tempranos de enfermedad. Ese es un frente muy potente. Y luego está el otro paso: usar esas mismas células inmunitarias no solo como lectoras del problema, sino como herramienta terapéutica.
I.Y. Y hay otro efecto menos visible, pero muy importante: democratiza la investigación. Cuando los datos son accesibles, cualquier grupo brillante, esté donde esté, puede buscar marcadores, comparar estados, plantear hipótesis. No hace falta pertenecer a uno de los grandes laboratorios históricos para empezar a aportar.
XL. La inteligencia artificial está en todas partes. ¿Qué ayuda real aporta aquí?
H.H. La IA ya es útil para clasificar, integrar, modelar y predecir. Nosotros la usamos, por ejemplo, para clasificar enfermedades a partir de perfiles celulares. También se está avanzando hacia modelos fundacionales de biología, algo así como una célula virtual que permita predecir cómo responderá un sistema a una perturbación o a un fármaco.
I.Y. Sí, pero hay una trampa. La Inteligencia Artificial puede ayudar a leer artículos, a programar, a explorar, a encontrar conexiones. Lo peligroso es externalizar el pensamiento. Dar por hecho que la herramienta ya ha pensado por ti. Y hay otro riesgo: si todo el mundo usa la misma herramienta del mismo modo, puedes acabar homogeneizando el pensamiento científico. La ciencia no es solo producción de datos. También es encontrar la pregunta adecuada. Cambiar el ángulo. Ver lo que nadie estaba mirando. Yo suelo decir que muchas veces tratamos a los científicos como si fueran máquinas lógicas, y no es así. También crean. También improvisan. También se atascan.
H.H. Y esa creatividad no está reñida con la colaboración a gran escala. Al contrario. Un proyecto así necesita gente técnica, gente computacional, gente que entienda la enfermedad, otra que haga biología básica. Y muy rara vez todo eso cabe en una sola persona o en un solo centro. La colaboración no elimina la originalidad. La multiplica.
XL. Ya que hablamos de colaboración: el Atlas Celular Humano tiene algo casi político. Mucha gente, muchos países, datos abiertos.
H.H. Esa debería ser la norma. La ciencia siempre ha funcionado mejor cuando ha cruzado las fronteras. El Atlas Celular Humano depende, por diseño, de esa colaboración transversal entre disciplinas y países.
I.Y. Sí. Esa es una de las grandes virtudes de la ciencia abierta. Ya pasó con el Proyecto Genoma Humano: como esos datos están disponibles para todos, cualquier laboratorio puede reutilizarlos para hacer preguntas nuevas. Lo importante es que, cuando existe esa base común, no hace falta reinventar la rueda: puedes dedicarte directamente a pensar una buena pregunta.
XL. Pero todo esto necesita dinero. ¿Qué pasa cuando llega un giro político y la financiación pública se tambalea?
I.Y. Pasa algo muy serio. A mí me preocupa mucho. La financiación pública es una línea de vida para la ciencia. Permite investigar sin estar pensando todo el tiempo en rentabilidad inmediata. Si eso se debilita, se resiente la capacidad de hacer descubrimientos de largo recorrido.
H.H. Y el efecto más inmediato es que se ralentiza la generación de conocimiento. Justo ahora, cuando tenemos mejores herramientas y una capacidad inédita para acelerar, frenar la financiación supone retrasar soluciones para pacientes y retrasar avances que podrían tener impacto real. Aun así, también obliga a pensar en colaboraciones nuevas, incluidas las que cruzan academia e industria, no solo para financiar, sino para traducir antes lo que descubrimos.
XL. ¿Cuál es la idea básica que destacarían del Atlas Celular Humano?
H.H. Que estamos entrando en una fase en la que esos mapas ya no solo describen. Empiezan a servir para entender la enfermedad, mejorar el diagnóstico y orientar terapias. El atlas nació como una gran empresa de conocimiento. Ahora empieza también su fase de utilidad clínica.
I.Y.Que no es el final del viaje, sino una invitación a explorar. Me gustaría que un estudiante lo leyera y pensara: aquí quedan cosas esenciales por descubrir.
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El cuerpo humano adulto contiene, aproximadamente, entre 30 y 37 billo-nes de células. Esta cifra varía según el tamaño y la edad del individuo.
El objetivo del Atlas Celular Humano es crear un mapa completo de todos los tipos de células para entender el funcionamiento del organismo, diagnosticar y tratar enfermedades.
Utiliza métodos de secuenciación de ARN (Ácido Ribonucleico) unicelular, trans-criptómica espacial, además de IA para identificar y localizar células en los tejidos.
Permite comparar células sanas y enfermas para desarrollar tratamientos personalizados, ofrecer un diagnóstico temprano y entender procesos como el cáncer.
Es un proyecto de código abierto, lo que significa que los datos son accesibles para investigadores de todo el mundo.
Itai Yanai fue uno de los pioneros de la transcriptómica de célula única, una avanzada tec-nología que analiza el ARN, y también ha contribuido a integrar datos espaciales y unicelulares para construir mapas tumorales. Holger Heyn trabaja en el desarrollo de tecnologías capaces de combinar infor-mación genética e imagen para detectar tipos celulares raros y perfilar con más precisión los rastros que dejan enfermedades como el cáncer o los trastornos inflamatorios. l
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