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Patente de corso

La camarera elegante

Arturo Pérez-Reverte

Ocurrió hace poco más de un mes en un hotel de Pordenone, una pequeña y agradable ciudad del norte de Italia. Estaba cansado. Llevaba trabajando desde las cinco y media de la mañana en la revisión de un capítulo de la novela que tengo entre manos –veintiún folios sobre la mesa, llenos de correcciones y notas–, y además de mancharme como un imbécil los dedos con tinta de la estilográfica, había cometido un error serio: el principal personaje femenino se me escapaba de las manos, y el diálogo que mantenía con otro personaje no encajaba con lo que yo había ido mostrando hasta ese momento. Era otra mujer la que aparecía en esas líneas. Más vulnerable, más convencional. Más vulgar, incluso. Decepcionaría al lector como me decepcionaba a mí.

Era otra mujer la que aparecía en esas líneas. Más vulnerable, más convencional. Más vulgar, incluso. Decepcionaría al lector como me decepcionaba a mí

Sabía que en algún lugar de mi cabeza o del mundo que me rodeaba había una solución. Llevo treinta y cinco años escribiendo novelas y ... sé cómo ocurre: crees estar en un callejón sin salida, pero tienes el instinto profesional de que, a menos que vayas cuesta abajo en edad y talento y flojeen tus facultades –lo que siempre, tarde o temprano, acaba por ocurrir–, resolverás el problema. Y, bueno. Aquella mañana mi situación era exactamente ésa. Así que, sin perder la calma, a la espera del momento, resolví bajar a desayunar, me puse una chaqueta y fui a la planta de abajo.

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