Siempre se ha dicho que cuánta hambre debía de tener el primer ser humano que se atrevió a comer una ostra. Pero qué me dicen del que le hincó el diente a una lapa. Al fin y al cabo la primera está blandita, pero la segunda tiene una textura correosa que la hace casi inmasticable, salvo que se la someta a una larga cocción.
Su consumo no es muy habitual en España, aunque nuestros antepasados más lejanos ya debían de comerlas porque en cuevas prehistóricas como las de Altamira ... se han hallado abundantes conchas. Hoy en día hay dos comunidades en las que podemos encontrarlas con cierta facilidad en restaurantes y casas de comidas.
Una es Asturias, donde se denominan llampares y se utilizan bastante para dar sabor a los arroces o para guisarlas con una salsa picantita de jamón y chorizo. La otra, Canarias, donde están muy integradas en la tradición popular y donde existe una variedad endémica, la lapa negra, algo más tierna. Allí las preparan habitualmente poniéndolas bocarriba en una plancha. Cuando empiezan a desprenderse de la concha, están listas para comer. Con un mojo verde o con una picada de aceite, ajo y perejil resultan francamente buenas.
Los canarios comparten su afición por este molusco gasterópodo con los habitantes de otras islas atlánticas como Azores o Madeira. Obviamente hay mariscos más finos y delicados, pero pocos como la lapa saben tanto a mar.
Sobre la firma
Colaborador
Carlos Maribona, periodista. Ha desarrollado toda su carrera profesional en el diario ABC, del que llegó a ser subdirector. En la actualidad es el crítico gastronómico del diario. Columnista también en XL Semanal de Vocento. Profesor de la Universidad San Pablo CEU. Premio Nacional de Gastronomía entre otros muchos galardones.
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