Reinos de humo
Tazas sin asa
El restaurante es elegante. Todos los detalles están cuidados con mimo. Incluso (¡sorpresa!) hay buenos manteles de hilo en las mesas. Hemos comido francamente bien. Y llega la hora del café. Uno solo, como siempre. Me gusta tomar el café sin azúcar y bien caliente. Pero esto segundo me resulta imposible.
El caso es que se están poniendo de moda unas tazas monísimas, pero que no llevan asa. Y mi café viene en una de ellas. ... No hay forma de cogerla con los dedos sin abrasarse. Tengo que esperar a que se enfríe para poder beberlo. Un tiempo que dedico a pensar en que las asas a las tazas no se las pusieron por capricho, había una finalidad, finalidad que a quien ha diseñado esta que tengo en la mesa parece tenerle sin cuidado. Tal vez porque no tome bebidas calientes o, más probablemente, porque las que utiliza en su casa sí tengan asas.
Quien ha diseñado esta taza que tengo en la mesa tal vez no tome bebidas calientes...
Pero el caso de estas tazas no es el único. Vasos pesados y gruesos en los que resulta casi imposible beber. Cubiertos preciosos, pero complicados de manejar. Platos soperos en los que apenas entra la cuchara. Y esas pizarras planas que odian tanto los camareros, que se las ven y desean para retirarlas de la mesa, como los comensales, que ven como los ingredientes líquidos se desparraman por el mantel (si es que lo hay, claro). Vivimos en una dictadura del diseño, que muchas veces sacrifica lo práctico, lo útil, en el altar de la estética.