Hay una app en Dinamarca que te dice qué productos no comprar. Los escaneas en el supermercado y te avisa: esto es americano, aquello financia ... tal cosa. No es publicidad. No hay campaña oficial. Es gente que se organizó sola porque sintió que era lo único que podía hacer. Y funciona. Las ventas caen. Las empresas reaccionan.
Y me pregunto: ¿cuándo fue que dejamos de creer en esto? ¿Cuándo nos convencieron de que nuestras decisiones de compra eran insignificantes mientras nos repetían hasta el cansancio que éramos sólo clientes que «siempre tienen razón»?
La respuesta, claro, es que importamos. Por eso gastan millones en estudiarnos. Por eso cada clic es un dato; cada búsqueda, una métrica; cada segundo de atención, un activo monetizable. Por eso te siguen por Internet como si fueras un fugitivo.
El problema no es que seamos insignificantes. El problema es que nos conviene creerlo.
Porque si aceptas que tu dinero no importa, puedes comprar lo que sea sin culpa. Puedes suscribirte a plataformas que explotan a sus trabajadores, comprar en empresas que destruyen el medioambiente, financiar corporaciones que hacen lobbies contra tus propios intereses. Beber lattes en Starbucks, comprar el agua embotellada en Amazon, beber Coca-Cola y, mientras, criticar furiosamente a Trump. Y dormir tranquilo. Porque, total, ¿qué iba a cambiar tu decisión individual?
Excepto que sí cambia. Veríamos lo bien que le iba a sentar a Jeff Bezos si un día, un solo día, los europeos nos pusiéramos de acuerdo para abstenernos de utilizar Amazon. Digamos 12 horas. Los daneses con su app lo saben. Las marcas que pierden millones cuando un boicot prende en redes sociales lo saben. Las empresas que contratan agencias enteras para gestionar su reputación on-line lo saben.
Tu voto como consumidor cuenta más que tu voto como ciudadano. Es obsceno. Pero es verdad.
Piénsalo. Votas cada cuatro años. Entre opciones que no elegiste. Para representantes que no te representan. Que pueden ignorarte completamente durante su mandato y lo único que puedes hacer es quejarte en el bar o en Internet o esperar a la próxima ronda de la misma obra de teatro.
Pero compras cada día. Y cada vez que no compras algo, alguien lo nota. Cuando cancelas una suscripción, un algoritmo se activa. Cuando dejas de ir a una tienda on-line, un analista tiene que explicar por qué. Cuando suficiente gente hace lo mismo, hay reuniones de emergencia. Consejos de expertos. Cambios de estrategia.
No porque seamos importantes para ellos como personas, sino porque nuestro dinero es literalmente su gasolina. Y esa dependencia es lo único parecido al poder que nos queda.
Estoy hablando de no comprar. De cancelar suscripciones que no usas y que se nutren de tus inputs para seguir creciendo. De resistir el impulso de comprar mierda que no necesitas porque un algoritmo decidió que era el momento perfecto para mostrártela y tú ese día estás triste o jodido por lo que sea y picas.
Porque ese es el truco más perverso del capitalismo tardío: nos venden soluciones a problemas que ellos crearon. Nos venden conexión después de destruir los lugares donde nos conectábamos. Nos venden entretenimiento después de colonizar todo nuestro tiempo libre. Nos venden alivio para la ansiedad que sus propios productos generan.
¿Te sientes solo? Hay una app para eso. ¿Te aburres? Aquí tienes diecisiete plataformas de streaming. ¿Te deprime el algoritmo? Suscríbete a este curso de mindfulness. ¿El mindfulness no funciona? Prueba terapia on-line. ¿La terapia on-line es cara? Aquí tienes una app más barata. ¿La app no sirve? Vuelve a la app que te deprimía. El ciclo se cierra.
Y, mientras tanto, los bares de barrio cierran. Las librerías independientes desaparecen. Los cines se convierten en franquicias. Los espacios donde podías estar sin consumir constantemente se evaporan.
Hace tiempo leí un estudio que decía que las personas solas gastan significativamente. Compran más delivery porque, al comer solos en un restaurante, se sienten demasiado expuestos. Se suscriben a más servicios para llenar el silencio. Scrollean más, lo que significa más anuncios, más datos, más compras impulsivas a las dos de la mañana, cuando la soledad aprieta. A mí me ha pasado y me pasa y, por la mañana, apenas recuerdo que hace apenas unas horas me compré una enésima cámara con no sé qué gadget que necesito tanto como un cólico biliar. Me autoengaño diciéndome que es parte de mi trabajo, pero en mi fuero interno sé que no es verdad.
O sea: tu aislamiento es rentable. Tu infelicidad es un modelo de negocio. Y cuanto más compras para solucionarlo, más perpetúas las condiciones que lo causan.
Eso es lo que las empresas no quieren que entiendas: no necesitas que todo el mundo boicotee. Necesitas que un porcentaje crítico lo haga. Y ese porcentaje es mucho más bajo de lo que piensas. Cinco, diez, quince por ciento puede ser suficiente para causar pánico.
Porque las corporaciones viven en un equilibrio precario. Sus márgenes dependen de crecimiento constante. Sus valoraciones en bolsa dependen de proyecciones de crecimiento futuro. Cualquier cosa que rompa esa narrativa es una amenaza existencial.
Por eso despliegan ejércitos de relaciones públicas. Por eso compran influencers. Por eso invierten fortunas en greenwashing, pinkwashing, ethics-washing de cualquier tipo.
Porque saben que, si suficiente gente deja de creer en ellos, se acabó.
Sobre la firma
Isabel Coixet (Barcelona, 1960) es una cineasta española ganadora de varios Premios Goya
Publicidad
Noticia Patrocinada
Más de
Una herramienta eficaz para una mejor vejez
Por Jeff Bergen | Imagen: Mekakushi
La cocina fácil de Martín Berasategui
Martín Berasategui
En otros medios
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia