Mi hermosa lavandería
Las reclusas
Isabel Coixet
Confieso que, hasta ver con mis propios ojos el habitáculo de una de ellas y preguntar qué era aquella especie de extraña y minúscula celda de piedra al lado de una iglesia en Toulouse, nunca había oído hablar de las reclusas voluntarias. De hecho, había olvidado completamente la mención que hace de ellas Victor Hugo en El jorobado de Notre Dame. Seguramente pensé que era una invención del autor. Pero durante siglos las reclusas existieron en muchísimos lugares de Europa (en España se las llamaba 'emparedadas'). Las reclusas vivían encerradas en celdas estrechas, entre paredes selladas, sin puertas, dedicadas por completo al sufrimiento o a la oración, viviendo de la caridad pública. Y si para nosotros la reclusión se ha convertido en sinónimo de castigo infligido por la ley, para muchas de ellas encarnaba la perfección espiritual. Y para cientos de mujeres abandonadas, marginadas y desesperadas, al menos pudo representar teóricamente un último refugio honorable: una tumba en vida. De hecho, la ceremonia de entrada en la celda se hacía con los ritos funerarios.
Vivían encerradas en celdas estrechas, entre paredes selladas, sin puertas, dedicadas por completo al sufrimiento o a la oración
Los 'reclusorios' estaban situados en lugares estratégicos, a menudo adosados a edificios religiosos, como lo afirmaba el arquitecto Viollet-le-Duc: «Era costumbre practicar, cerca ... de ciertas iglesias de la Edad Media, pequeñas celdas en las que se encerraba a mujeres que renunciaban al mundo para siempre. Estos reclusorios solían tener una pequeña abertura enrejada que daba al interior de la iglesia para que pudieran escuchar misa y recibir la comunión por un agujero».
La reclusión convertía a estas mujeres en seres absolutamente dependientes. Si la gente se olvidaba de ellas podían morir de hambre, de sed, de frío. Las reclusas recibían antes de entrar en su celda la extremaunción. Agradecidos por este sacrificio, eran los habitantes del pueblo quienes debían alimentarlas a través de una pequeña abertura. Sus excrementos salían a través de otro reducido hueco a nivel del suelo. En el interior, la reclusa sólo tenía una cama miserable, una mesa y un taburete. Y, por supuesto, un altar y un crucifijo.
Esa austeridad garantizaba la plena concentración de la reclusa en la oración. Esta forma de aislarse de la sociedad y de privar de libertad está hoy reservada a los delincuentes habituales. Pero, en la Edad Media, esta «prisión se convierte en un paraíso, la puerta al Cielo; la tumba es una cuna donde germina la semilla de la bienaventurada inmortalidad», afirma la historiadora Paulette L’Hermite.
Pero no todas las reclusas sacrificaban voluntariamente sus vidas para obtener la experiencia mística total. En muchos casos, mujeres que se rebelaban contra su destino fueron emparedadas por sus familias. Una de ellas fue Juette de Huy, hija única de un padre adinerado, que no quería casarse. La obligaron a hacerlo, cuando tenía 13 años, con un hombre que le triplicaba la edad. Ella se queda viuda a los 18 años, con tres hijos, y se niega rotundamente a volver a casarse. Quiere dedicar su vida a cuidar a los pobres con tal generosidad que a su familia le preocupa ver su fortuna desperdiciada; así que le quitan a sus hijos y ella no ve más salida que emparedarse, cosa que hace a los 34 años y pasa 36 encerrada hasta que muere, en 1228.
En Astorga se puede ver también la celda de las Emparedadas, la única que se conserva en España.
Según los textos de la época, la única compañía que a estas mujeres les estaba permitida era la de un gato…