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Animales de compañía

La raíz del mal

Juan Manuel de Prada

Alguna de las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan me pregunta cuál es la razón por la que, en mi defensa del pensamiento tradicional, me empleo con mayor denuedo contra el liberalismo que contra las ideologías izquierdistas que supuestamente se le oponen. Pero dichas ideologías izquierdistas no son sino epifenómenos (o, si se prefiere, hijos díscolos) del liberalismo, con el que entablan conflictos intestinos que se presentan ante las masas cretinizadas como batallas cósmicas en las que se sustancia el futuro de la Humanidad; pero que, en puridad, no son sino relaciones dialécticas entre negociados que comparten las mismas premisas y favorecen una síntesis constante. El propio Marx reconoció paladinamente que todo su sistema filosófico 'presuponía' el liberalismo, que es la teta próvida o humus fecundo de todas las ideologías modernas; y, por lo tanto, la raíz del mal que el pensamiento tradicional combate.

Hoy las instituciones se limitan a asegurar que unos egoísmos no se impongan sobre otros

Norberto Bobbio –no en vano socialista y liberal– lo expresa de forma tan diáfana como brutal en su obra El tiempo de los derechos: « ... Para que pudiese producirse esta inversión del punto de vista de la que nace el pensamiento político liberal era necesario que fuese abandonada toda teoría tradicional del modelo aristotélico, según la cual el hombre es un animal político que nace en un grupo social. […] Se trataría nada menos que de dar cuenta de la concepción individualista de la sociedad y de la historia, que es la antítesis radical de la afirmación de Aristóteles, según la cual el todo (la sociedad) es anterior a las partes. Según la concepción individualista de la historia, el individuo viene antes, la sociedad viene después. La sociedad está para el individuo, no el individuo para la sociedad». Esta 'inversión' artificiosa que convierte la sociedad en producto de un contrato social es una idea que aceptan por igual todas las ideologías derechistas e izquierdistas. Pues todas ellas combaten por igual la concepción aristotélica del hombre y de la sociedad e instauran una suerte de 'disociedad' de gentes sin ataduras ni vínculos que actúan como diosecillos soberanos dotados de una libertad omnímoda. Es, como diría Maritain, la «tragedia del libre albedrío tomado como fin en sí mismo» que convierte la 'conciencia del yo' en la base de la organización social y consagra la subjetividad del bien.

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