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Animales de compañía

Odio a la Belleza

Juan Manuel de Prada

Detrás de la iconoclasia hay siempre odio a la Belleza: un odio a veces incendiado de codicia, a veces disfrazado de coartadas ideológicas, incluso filantrópicas, estéticas o religiosas; pero odio siempre, a fin de cuentas. La iconoclasia es, tristemente, un rasgo constitutivo de la historia humana: allá donde los hombres han estado, han dejado testimonio de su paso por la tierra creando arte, pero también destruyéndolo. Y quizá no haya expresión más nítida del carácter contradictorio de nuestra naturaleza que esta doble pulsión creadora y destructiva, que es apetencia de luz y de tinieblas, amor y odio a la Belleza amalgamados de manera misteriosamente indisoluble. Alguien podría elaborar una historia del arte que atendiese a la periódica ansia iconoclasta que acomete a las comunidades humanas, no sólo a las más atrasadas o bárbaras, sino también a las más desarrolladas y pacíficas. Pocas naciones han probado este odio con mayor virulencia que España, como puede descubrir fácilmente quien recorra sus tierras, en pos de sus tesoros artísticos, muchos de ellos rapiñados o destruidos. Invasiones extranjeras, desamortizaciones de infausta memoria y una guerra civil que cobijó bajo sus alas el más exagerado de los odios religiosos han sido algunas de las causas de este expolio sin parangón; pero tampoco han faltado la avaricia de coleccionistas sin escrúpulos, la connivencia de las autoridades civiles y la desorientación eclesiástica que, al socaire de reformas litúrgicas, favoreció los destrozos más lamentables.

Las ideologías modernas son hijas de la filosofía idealista, que nace para negar la realidad de las cosas

En su obra Pintura española fuera de España, publicada en 1958, el historiador de arte Juan Antonio Gaya Nuño llega a computar hasta tres ... mil ciento cincuenta tablas y lienzos de todas las épocas que nos han sido arrebatados; pero tal catastro documentado por Gaya Nuño es tan sólo la punta del iceberg de un expolio gigantesco que incluye también obras escultóricas y hasta arquitectónicas, arrambladas por saqueadores que durante décadas se pasearon por los pueblos de España perpetrando los latrocinios más sangrantes, a veces amparados por leyes inicuas. Los expolios sistemáticos de nuestro patrimonio artístico se inician durante la Guerra de la Independencia, que la soldadesca gabacha aprovechó para perpetrar innumerables y muy 'ilustrados' destrozos y rapiñas, aunque todos ellos palidecen ante las tropelías de José I, que cargó centenares de carruajes con obras de arte procedentes del Palacio Real de Madrid ('interceptadas' luego por el inglés Wellington), y por sus generales, tan 'ilustrados' al menos como la soldadesca que acaudillaban. Hoy podemos ver obras que un día fueron patrimonio español enriqueciendo las paredes de museos franceses, ingleses, rusos o norteamericanos, o diseminadas en multitud de colecciones particulares.

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