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Patente de corso

Siempre es para nuestra comodidad

Arturo Pérez-Reverte

Hace unas semanas compré una lámpara de lectura, de ésas que tienen un pie y un tallo largo, flexible. La busqué convencional, como la que había tenido antes: veinte años de honrados servicios junto al sillón, ayudándome a leer. La difunta había sido una lámpara seria, buena, ejemplar. Una lámpara de toda la vida, con sus luminosas bombillas. Y ahí estaba el problema, en las bombillas, porque la última de reserva se había fundido y ya no había manera de encontrar repuestos. Así que tuve que jubilarla y fui a una tienda donde adquirí la nueva. Me mosqueó un poco que en vez de interruptor convencional tuviese una especie de sensor que encendía y regulaba la intensidad de la luz pasando suavemente un dedo. «¿No hay de otra clase?», pregunté suspicaz al vendedor. «Sólo con este sistema –respondió–, pero ya verá que es mucho más cómodo». En los últimos tiempos, cada vez que me dicen que algo es más cómodo me echo a temblar, pero no había opción. Necesitaba una luz de lectura y compré la nueva lámpara.

En los últimos tiempos, cada vez que me dicen que algo es más cómodo para mí me echo a temblar; pero no había otra opción

Abrevio, para no aburrir. La nueva lámpara se enciende y apaga ella sola, por su cuenta, cuando le sale de los cojones. Pasas un rato ... regulando con toques del dedo –que ésa es otra, encontrarle el punto justo–, y cuando estás pasando páginas ávidamente, con Sam Spade a punto de partirle la cara a Joel Cairo, la luz decrece en intensidad hasta límites de intimidad casi indecente. Pero lo peor es cuando dejas de leer, deslizas el dedo para apagar la luz, ésta se extingue, y cuando vuelves a la mañana siguiente compruebas que la maldita lámpara se ha pasado toda la noche encendida por su cuenta y riesgo. Así que lo que antes era darle a un interruptor exige ahora que te agaches cada vez para enchufar o desenchufar el cable. Más cómodo, decía el pavo de la tienda. Más cómodo mis narices.

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