Sesenta años después del estreno de la película Lawrence de Arabia, su figura cabalga de nuevo. Pero ¿fue realmente un paradigma de la honestidad o una figura diseñada a medida gracias a un soberbio trabajo de propaganda? Te contamos las revelaciones que arrojan luz sobre el mito.
Por Phillip Knightley
Lunes, 17 de abril 2023, 14:28
Sólo tenía 47 años cuando un accidente de motocicleta segó la vida de Thomas Edward Lawrence en Dorset (Inglaterra). Pero a esas alturas, este coronel inglés ya era famoso por haber liderado a los insurgentes árabes hacia la victoria contra los turcos en la Primera Guerra Mundial y por ser el autor, en 1926, de una de las crónicas de guerra más famosas, Los siete pilares de la sabiduría, su relato sobre la revuelta árabe. Casi cien años después de su publicación, Lawrence de Arabia aún representa lo mejor del Imperio Británico: un hombre íntegro que llevó a los árabes a la victoria sobre los turcos y que después, al ver cómo los políticos traicionaban al pueblo árabe y desautorizaban la palabra que él les había dado, se retiró de la vida pública y se refugió en el Ejército británico bajo el nombre falso de T. E. Shaw.
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Una reputación, casi mitológica, que algunos han intentado dejar en entredicho. Leonard Russell, un antiguo subdirector de The Sunday Times, reveló, en 1968, ... que Lawrence habría llevado una estrafalaria vida sexual. Pero su figura, hoy igual que entonces, sigue siendo un enigma. Quizá porque el personaje fue cincelado por uno de los relaciones públicas más inteligentes del momento, Lowell Thomas, que 'esculpió' el mito de Lawrence de Arabia hasta transformarlo en una celebridad.
T. E. Lawrence nació en Tremadoc, en 1888, pero pronto se trasladó con su familia a Oxford, donde entró en el Jesus College. Allí estudió táctica militar, se entrenó para resistir el dolor y se introdujo en la inteligencia militar británica. Con la Primera Guerra Mundial fue destinado a El Cairo (Egipto) y, después, en 1916, al actual Irak. Su misión era contactar con el comandante de un Ejército turco que había cercado a una expedición británica y ofrecerle un millón de libras por los soldados presos. Fracasó, pero en Basora se aplicó en la búsqueda de un líder nacionalista árabe que se levantase contra los turcos.
Su búsqueda dio resultados: Hussein, gran Sharif de La Meca, lideró en esas fechas una revuelta similar, y el inglés sólo tuvo que tomar las riendas como oficial de enlace ante el emir Feisal, hijo del Sharif, para garantizar que la revuelta favoreciese a Gran Bretaña. Lawrence prometió a los árabes libertad e independencia, aun sabiendo que la política británica estaba lejos de concederlas. Atormentado por el engaño trató de limpiar su conciencia sumergiéndose en la cultura de los árabes beduinos: vestía sus ropas y acataba sus costumbres.
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Fue tan convincente que Feisal se asoció con él durante el resto de la guerra. Juntos tomaron el puerto de Akaba, en el mar Rojo, y derrotaron a los turcos en la batalla de Tafila, en julio de 1917. Los árabes, entusiasmados al saber que los territorios que liberaran serían independientes, fueron vitales en la toma de Damasco, que puso fin a 400 años de régimen turco.
Pero la alegría les duró poco. Justo hasta que el comandante británico Allenby comunicó a Feisal que los árabes no intervendrían en el gobierno de la ciudad. Tras una agria conversación con Allenby, Lawrence volvió definitivamente a Gran Bretaña, donde ejerció presión a favor de un acuerdo político para Oriente Medio y de donde sólo salió para ir a la Conferencia de Paz de París de 1919 y a la de El Cairo de 1921.
Su objetivo era no volver a saber nada de Oriente Medio. Pero fue una misión imposible. Mientras Lawrence, recluido en la redacción de Los siete pilares de la sabiduría, se esforzaba por cubrir su retirada, el periodista estadounidense Lowell Thomas lo convertía en el gran Lawrence de Arabia, el libertador de Damasco, el primer personaje célebre de la época moderna.
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Thomas era un reportero de Chicago conocido por su capacidad para escribir impactantes artículos. En 1917 llegó a Europa con el encargo de su Gobierno de poner en marcha la maquinaria de propaganda que fomentara el apoyo de la sociedad americana a la guerra. Thomas, junto con el cámara Harry Chase, llegó a Francia en verano de 1917, pero ni allí ni en Italia logró las imágenes propagandísticas que esperaba. Así que pidió permiso a las autoridades británicas para acompañar a los efectivos del general Allenby en su campaña antiturca por Oriente.
En 1918 filmaron la entrada de las tropas británicas en Jerusalén. Y allí hallaron justo lo que necesitaban: un ciudadano británico que vivía como un beduino y luchaba contra el Ejército turco. Thomas no lo dudó: se pegó a Lawrence. Según el primero, estuvieron juntos varias semanas, en opinión de Lawrence, varios días. Sea como fuere, las imágenes que rodó junto con Chase convirtieron al Príncipe de la Meca en un icono.
Cuando la guerra tocó a su fin, el reportero preparó unas «charlas gráficas» sobre la contienda en las que él mismo, sobre las imágenes de Chase, contaba espectaculares historias. El show se estrenó en el Century Theater de Nueva York en marzo de 1919. Triunfó, y el empresario británico Percy Burton decidió llevárselo a Londres. Durante la travesía hacia Europa, Thomas, con la ayuda de su mujer, Fran, del cámara Harry Chase y de Dale Carnegie lo reescribió entero. Lo tituló Con Allenby en Palestina y lo estrenó en agosto en el Covent Garden. Era un pastiche romanticoide trufado de bailarinas, incienso y tenues luces en el que, para ganarse al público británico, cargó las tintas sobre Lawrence.
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El resultado fue un rotundo éxito que saltó al Albert Hall, al Queen's Hall y que acabó recorriendo todo el país. Lo vieron cuatro millones de personas, incluido Lawrence, generó un millón y medio de dólares y convirtió al militar en una estrella. Ofendido, el inglés quiso dejar claro en Lawrence y los árabes, de Robert Graves, que tanta publicidad le resultó «desagradable».
A lo largo de estos años no han faltado versiones sobre su vida. Unos afirman que los abusos sexuales que sufrió a manos de los turcos le dejaron profundas huellas psicológicas. Otros, que su sentimiento de culpa por traicionar a los árabes nunca lo abandonó. Pero su mayor crítico, Richard Aldington, siempre sostuvo que la campaña del reportero Lowell contó en todo momento con la complicidad del militar. Lo sea o no, el montaje ha funcionado a la perfección. Y ya va para 80 años.
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