Me han llamado mis compañeras de la clase de zumba senior para invitarme a la cena de fin de curso. ¡Qué ilusión! Y eso a pesar de mi expulsión disciplinaria cuando casi mato a la Manoli de una patada voladora. Ya sé que no parece el plan más divertido del verano, pero hace mucho que no salgo y cualquier cosa que suponga no ir en chándal me parece apetecible. Crean un grupo de WhatsApp que se llama «Cena clase de zumba», pero enseguida la Reme cambia el asunto a «Las zumberas» y pone a Daddy Yankee de foto de perfil. 150 wasaps después, decidimos cenar en una terraza al aire libre. Nos sientan en una mesa rodeadas de estufas «por si las señoras tienen frío», dice el camarero, pero al rato están todas de abanico, por los «sofocos», dicen. La cantidad de comida que han pedido no ayuda a bajar la temperatura corporal. Hay que compensar en una noche todas las calorías perdidas en el curso. Si no, a ver a qué nos apuntamos el año que viene. Lo pasamos muy bien. Y nos reímos como se ríen las señoras de verdad. Dando palmadas en la mesa, en los muslos y luego dos aplausos. Todas a la vez. Estamos tan coordinadas que parecemos los All Blacks bailando la haka. Intentamos hacernos un selfie de recuerdo, pero no cabemos en la foto. Nos hace falta un gran angular. Así que como el restaurante tiene zona de baile, se van a hacer una exhibición a la pista y a bajar las croquetas. «Pide la canción de la suegra», me dice Manoli, «que tú eres joven y te hacen caso». No sé cuál es la canción de la suegra. Estoy a punto de llamar a Pedrouzo para que me saque de dudas cuando me lo aclaran. «Sí, mujer, la canción del verano. La de que el marido le mete en casa a la suegra y ella se va por la mañana con otro, pero vuelve contenta y él se lo perdona porque le cuida a la madre». «Manoli, que tú te crees que todas las canciones hablan de ti. Esto va de parejas modernas que rompen la monotonía». «Tú te callas, Reme, que tienes la mente muy sucia». Pido Despacito, a ver si se van calmando. Menudo aguante las zumberas. Llego a casa de madrugada y agotada. Esto es peor que el zumba y el paddle surf juntos. Mi marido y mis hijos duermen plácidamente en mi cama y me hago un hueco sin despertarlos. Por fin en casa. Felices los cuatro.