La cuadratura del círculo

José Manuel Dorrego Sáenz

AL SOL

José Manuel Dorrego Sáenz. 51 años. Madrid. Diseñador gráfico.

28 ago 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Por primera vez, una de aquellas mujeres que viven dentro de los círculos se fijó en mí. Créeme, no es fácil que una de esas mujeres se fije en ti, sobre todo si tú vives dentro de un cuadrado. Quienes viven dentro de un círculo suelen ignorar a quienes habitamos en un cuadrado. Las cosas han sido así desde hace muchísimos años, tantos años que incluso hemos olvidado los motivos por los que nos ignoran. Parece absurdo, porque en realidad tan solo nos separan detalles geométricos, pero así son las cosas: hay todo un mundo de distancia entre habitar en un cuadrado y hacerlo en un círculo.

Los círculos son otra cosa, tan redondos, tan livianos, sin aristas ni esquinas que tuercen abruptamente para volver a juntarse con otro lado igual de vulgar que el anterior. Los círculos, sin embargo, tienen la elegancia de lo esférico, la magia de lo circular, el glamur de lo infinito, y por eso, quienes viven dentro de ellos, tienen todo el derecho del mundo a sentirse únicos, diferentes a los demás. Y por eso también me sorprendió que aquella hermosa dama del círculo se fijase en mí, precisamente en mí, un tipo que vive en un vulgar cuadrado y que solo podría ofrecerle monótonos ángulos de noventa grados. Ella iba dentro de su círculo, como levitando, como si fuese la diosa de algún Olimpo matemático. Yo, en cambio, vagaba errante dentro de mis mediocres cuatro lados ¿Qué pudo ver en mí? No lo sé, solo sé que me miró, desde arriba, claro, porque los círculos siempre sobrevuelan por encima de nosotros, como en un espacio exclusivo para ellos, para que no haya ninguna duda de quién está arriba y quien abajo.

Tal vez sean ilusiones mías, pero juraría haber visto en su fugaz mirada una armoniosa mezcla de simpatía y compasión. Juraría que con su mirada vino a decirme «Hola y adiós, amor mío, tal vez en otra vida hubiésemos sido felices juntos, estoy segura, quizá en otra vida lo seamos, cariño mío, pero ahora es imposible, lo sabes, tú viajas en un vulgar cuadrado, mi vida, viajas como un alma en pena, y mírame a mí, en mi círculo, tan brillante, tan divina... Otra vez será, vida mía, adiós, mi amor...». Y luego se fue alejando hacia arriba dentro de su círculo, que cada vez se iba haciendo más y más pequeño hasta desaparecer finalmente tras una nube de colores.

Y allí me quedé, solo, abatido, encerrado entre las cuatro vulgares paredes de mi cuadrado y con esa frustrante sensación de haber dejado pasar de largo al amor de mi vida.