Óscar Camiño Santos. A Coruña. 41 años.
28 ago 2018 . Actualizado a las 05:00 h.Todo comenzó la noche de San Juan, a noite meiga, que decimos por estos lares. No sé si fue por la algarabía, el libre albedrío entre hogueras, sardinas, pan de brona y cerveza del país, pero cuando quise darme cuenta, este cascarillero volaba a más de diez mil pies de altura rumbo a lo desconocido. ¿Qué iba a saber yo, triste mindundi que nunca había salido de la playa de Riazor? Pues allá me vi, atravesando el umbral del aeropuerto de Ho Chi Min, sintiendo el intenso aroma a especias que flotaba en el ambiente, frente a decenas de motos que en densa corriente circulaban por las estrechas calles, portadoras de esos seres tan bajitos que hablaban en un idioma jamás oído por este humilde narrador. Por un momento, creí encontrarme dentro de la peli de Platoon, cual soldado americano atrincherado en Saigón.
De ahí en adelante, puedes imaginártelo, fueron días muy vividos en Vietnam. No solo por la empalagosa humedad que lo bañaba todo y el implacable sol, si no por la sensación de verme surcando el delta del Mekong, tomando trenes para recorrer las céntricas provincias de Hue y Hoian, hasta llegar al otro extremo norte, su capital Hanoi.
¿Que si hubo algún susto en mi travesía? No te digo más, en el arenal de la bahía de Ha Long, casi me pierdo. Un despiste que pude haber pagado muy caro, pero tan fácil como me apeé de mi transporte por fortuna volví a subirme, esta vez pegadito al velcro, y cómo sería de bueno mi amarre que he logrado regresar a mi querido Riazor.
Menuda aventura para contar a mis nietos, pues al fin y al cabo, soy un granito de arena que también aporto lo mío, y quién sabe, de ahora en adelante quizás me anime a viajar, a lomos de alguna corriente oceánica u otra vez incrustado en la chancla de algún humano.