—¿Qué me pasa, doctor? Preguntó con gesto de héroe derrotado.
—Grandes concentraciones de celuloide en sangre, visión en cinemascope y ese inconfundible aroma a palomitas… está claro que estamos ante un caso de intoxicación cinematográfica.
—¿Qué me recomienda?
—Lleve una vida saludable y ponga a Dios por testigo que nunca más volverá a pasar hambre. Vaya a fiestas, ¡con faldas y a lo loco! Y no olvide que los caballeros las prefieren rubias. Sea generoso, recuerde que los diamantes son los mejores amigos de una chica.
No margine a nadie: el bueno, el feo, el malo, el príncipe, la corista…
Viaje: Niágara, Casablanca… Pase un día en Nueva York y una noche en la ópera. Dé la vuelta al mundo en 80 días, guarde memorias de África. No sea un rebelde sin causa, viva como un gigante e intente encontrar un lugar al este del Edén. Disfrute de la naturaleza: el esplendor en la hierba, el silencio de los corderos… y, cuando se sienta abatido, piense que nadie es perfecto y que siempre nos quedará París.
Cuando terminó preguntó a la enfermera:
—Gilda, ¿alguna llamada?
—Forrest Gump no entiende la prescripción del medicamento, la señorita Monroe quiere anular la sesión de terapia, le coincide con una fiesta de cumpleaños, y, por último, en Graceland se han quedado sin calmantes. En ese instante, una brisa cálida invadió la consulta llevándose por delante todos los documentos que estaban sobre la mesa. El médico se acercó a la ventana y no pudo más que exclamar:
—¡Vaya! ¡Lo que el viento se llevó!
Mientras el joven terminaba de ponerse la gabardina y el sombrero, lanzó una mirada cómplice y susurró:
—Doctor, creo que esto es el comienzo de una hermosa amistad...
Almudena García. Profesora. 60 años. A Coruña.