Romaría Vikinga en Catoira: la vida con cuernos es la vida mejor

Serxio González Souto
Serxio González CATOIRA / LA VOZ

AL SOL

Miles de personas se reencuentran bajo las Torres de Oeste con una fiesta pagana ante la que no valen las medias tintas

04 ago 2025 . Actualizado a las 11:47 h.

El curso bajo del Ulla constituye el camino natural hacia la capital del antiguo reino de Galicia. En uno de sus meandros se levantan todavía los restos de tres torres y una capilla. Son las ruinas de una fortaleza milenaria en la que se respira un pasado castreño, reconvertido en puesto romano, y por fin un castillo en condiciones, que el obispo Cresconio ordenó erigir en el siglo XI para repeler el azote de las hordas vikingas en sus intentos por apropiarse de las riquezas de Compostela. Aquellas escaramuzas permanecen tatuadas en la memoria de los pobladores de Catoira, donde indómitas gentes del norte como Ulf o el legendario Bjorng Brazo de Hierro recibieron lo suyo. De que su recuerdo se renueve año a año se encarga la Romaría Vikinga, en pie desde 1960. Una fiesta de rango internacional que hermana pueblos y se desata sin piedad para culminar en el desembarco que entra en escena cada primer domingo de agosto.

El peso de tanta historia ha generado sus propias mitologías. La idea de que un retén normando habitó la cercana isla de Cortegada. La figura de Diego Xelmírez, que pudo nacer en las Torres de Oeste. El paso por estas aguas de los cachorros de Ragnar Lodbrok... Es este un poder fabulador que continúa activo, capaz de hacer surgir símbolos como Úrsula, la misteriosa invocación a la que invasores y defensores aborígenes se abandonan durante la fiesta entre sones de cuernos y estrépito de espadas. O la intervención de una zódiac de la Guardia Civil, que hace años zarpó de la orilla de Rianxo e interceptó una de las tres embarcaciones que navegaban hacia las torres para exigir a su tripulación los papeles del drakkar, y tan bien relató en estas páginas Nacho Mirás.

En Catoira hay todo lo que tiene que haber en una buena romería del país. Comida, música, bebida, buen ambiente y entrega del personal, factores a los que se une una escenificación poderosa ante la que no queda otro remedio que rendirse. Digan lo que digan, la vida con cuernos es la vida mejor, aunque solo dure un fin de semana. «¿Y ahora?», preguntó una mujer, precisamente a un guardia civil, cuando la horda hubo pasado. «Ahora, señora, vino y mejillones; algunos gratis y otros de pago». ¿Puede haber un resumen mejor?