Colapso en los cementerios

La Voz LA VOZ | VIVEIRO

A MARIÑA

PEPA LOSADA

Crónica | El culto a los muertos Miles de personas acudieron de forma masiva durante el fin de semana a rendir homenaje a sus seres queridos, en unas jornadas sin incidentes

01 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

La tradición de visitar tumbas y panteones en los primeros días de noviembre se mantiene intacta en la comarca. Los cementerios, grandes y pequeños, florecen en una primavera virtual que tiene como objeto reavivar la memoria e impregnarla de añoranza por los seres queridos desaparecidos. A lo largo de la jornada de ayer, Día de Todos los santos, y tras intensos trabajos de limpieza y adecentamiento de los niños, los camposantos brillan en todo su esplendor pétreo. Miles de mariñanos, de todas las edades peregrinaron hasta el cementerio en el que reposan los restos de sus familiares y amigos para rendir cumplido culto a su memoria. Un culto a los ancestros que tiene precisamente ayer y hoy, Día de Difuntos, su máxima expresión. No se produjeron incidentes, comentaban desde los servicios de Policía Local, que destacaban tan solo el continuo tránsito de personas, algún que otro atasco y vehículos aparcados en los lugares más insospechados. «Está todo cheo de xente, hai coches aparcados ata na xeneral», indicaban desde Mondoñedo. En otros lugares, como Foz, la afluencia fue «más repartida», y en Viveiro, las limitaciones en la circulación y el control policial impidieron el cuello de botella del puente de Feve en las inmediaciones del cementerio de Altamira. Ayer, los cementerios amanecieron con toda una explosión de color y el olor penetrante de las flores y las velas que arden permanentemente. Espacios en los que además, por una vez en el año, se rompe el habitual silencio que los invade. Se cumple así esa otra parte del rito, la connotación social que también impregnan el culto a los muertos. Son fechas propicias al reencuentro con familiares e incluso con amigos. Ese instinto atávico que lleva al ser humano a recordar a otros; llevar flores para los muertos sirve también como reflexión propia sobre lo divino y lo humano; lo eterno y lo terrenal. Algunos visitantes no evitan recorrer varios cientos de kilómetros para que sus flores estén sobre una tumba. Después, durante un largo año, ¡qué solos se quedan los cementerios!.