Querida Luz


Ni que decir tiene que también yo siento una inmensa admiración, además de un grandísimo afecto, por Luz Pozo Garza, maravillosa poeta y excepcional ser humano cuyos versos han hecho de este viejo reino nuestro una tierra infinitamente más hermosa. Luz, que nació en Ribadeo en 1922, es una de las grandes voces de la lírica atlántica. Pero a mí me gusta recordar que en ella, tan elegante, y en todo cuanto envuelve su vida y sus libros, siempre está presente el reflejo de toda esta Galicia del Norte nuestra que es, por la parte del corazón, una Bretaña más. En los ojos de Luz, que un día me enseñó que la poesía nos permite acercarnos al inmenso misterio que nos rodea, se hace mar el río Eo. Pero también están en esos ojos las riberas del Landro, que desemboca a los pies del Viveiro en el que ella pasó buena parte de su vida. Y está el mar de Ferrol, donde Carlos Vidal, Mario Couceiro y Tomás Barros editaban la revista literaria Aturuxo, en la que ella publicaba. Y están, por supuesto, las nieblas de Mondoñedo, las de su amigo Cunqueiro. Y los silencios de la Terra Chá, naturalmente. Desde hace tiempo, Luz Pozo vive, y escribe para la eternidad, en A Coruña, no muy lejos de la Academia. Cuando veo, a través de la noche, desde Escandoi, cómo alumbra el océano la Torre de Hércules, me acuerdo mucho de ella. Sin embargo, esta tarde, tomando café, me olvidé de contarle a Isidoro Hornillos, presidente de la Federación Galega de Atletismo, que Luz, en su juventud, fue atleta. No sé si corría mucho o poco, pero seguro que a ella por aquel entonces ya le gustaba volar. Las estrellas de verdad, que iluminan el mundo y nos ayudan a seguir viviendo, es lo que tienen.

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