En muy pocos años, el cine -quién se lo iba a decir al promotor del Varietés- se convirtió en el espectáculo preferido del público. Ya lo había dicho el cronista: «Prometemos ocuparnos con la extensión debida de este espectáculo». Y así fue. Poco a poco fueron surgiendo los comentarios (siempre elogiosos: el que paga, manda) sobre las películas: «Hoy será día de gran moda en el salón de los jardines. Se proyectará la película de gran sensación ¡Viva el Rey! , la que por su extraordinario valor ha merecido el honor de ser proyectada en el Real Palacio de Madrid... Para complementar el programa monstruo que la empresa se propone dar hoy a su distinguido público, se proyectará la película en dos partes Rendición del general Lee ... Habrá, también, para que nada falte, una cinta para reír que se titula El piso de abajo ...» La voz de alarma Los diarios insertaban igualmente las primeras comidillas (sí, entonces ya había tomate ) sobre los Tom Cruise o Julia Roberts de la época (Francesca Bertini o William Duncan, por ejemplo), pero también los sesudos análisis sociológicos sobre la influencia del séptimo arte en la conciencia colectiva: «... El cinematógrafo, medio de distraer que, mejor que ninguno, atesora la virtualidad de ser propulsor de la cultura y el arte, es en la actualidad una escuela del crimen... Esas grandes series de películas policiacas, que con tanto éxito se suceden, no son otra cosa que las lecciones prácticas del delito... El caso de haberse dado ya casos de asociaciones formadas por chicos a semejanza de La mano que aprieta o El cofrecillo negro es la voz de alarma... La sugestión es también capital factor que impulsa a realizar los hechos. ¡Cuántos adolescentes se dejan morir queriendo imitar a Margarita, protagonista de La Dama de las Camelias ... Es cien mil veces más meritorio el evitar que el reprimir castigando...». Y si eso pasaba por ver El cofrecillo negro , ¿tendrá algo que ver Pulp Fiction con el «botellón»? A saber.