AREOSO | O |
18 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.ENTRAMOS en la insigne Fundación Camilo José Cela a la que iban nuestros pequeños herederos para participar en un torneo de ajedrez, y mientras los niños batalleaban con peones, alfiles y reinas, a los mayores se nos ofreció una visita guiada por las instalaciones. El templo del Nobel tiene su encanto, porque al margen de las salas dedicadas a los centenares de ediciones que se publicaron de sus libros -dos habitaciones enteras únicamente para La familia de Pascual Duarte - la flema del polémico escritor gallego está presente en todo el edificio. Basta con visitar los servicios públicos y admirar la colección de orinales en la que seguramente sentaron sus posaderas varias generaciones de la familia Cela, o el retrato del galardonado personaje acomodado en la letrina rodeado de legajos. En la fundación hay, pues, todo lo que se puede esperar de la casa natal de un genio de la literatura y mucho más. Sólo se les olvidó un pequeño detalle. Uno de los padres llegó pertrechado de una novela para pasar la jornada como lo merece un domingo, leyendo, y preguntó dónde se podía sentar para tan placentero menester. Le dijeron que en ningún sitio. ¡Vaya! Es como sin en un pabellón de deportes se les olvida la cancha de baloncesto. ¡Que cosas!