AREOSO | O |
10 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.MIREN que suena mi teléfono al mediodía para anunciarme que me ha tocado una enciclopedia siempre que compre una colección de libros de animales o que me regalan un collar a cambio de que asista a la presentación de no sé qué extraño producto imprescindible. Pero nunca cuando me molestan a la hora de la siesta es para hacerme una de esas encuestas que luego veo publicadas en el periódico en el que escribo. O sea, que a quién voy a votar en las próximas elecciones o cuál es mi programa de televisión preferido. Por eso tengo mis dudas sobre el empeño de la sociedad en que retiraran de la pantalla a Shin-Chan, por ejemplo. Pero no porque me parezca bien o mal, sino porque a mí no me preguntan, y yo soy por naturaleza desconfiada. El pequeño niño japonés de los dibujos animados es agudo e irreverente, y de la misma manera que gracias a él sus amigos gallegos tienen claro lo que es una hipoteca, también les enseña a decir «cuíño, cuíño» y andar por ahí luciendo el trasero. Mortadelo y Filemón no son tampoco un dechado de virtudes y nadie cuestiona que los niños lo lean. Parece claro que sólo es un cómic y que su finalidad no es educativa. Cuando yo era pequeña también se criticaban las películas de Supermán, porque había niños que se tiraban por la ventana.