AREOSO | O |
26 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.EN EL PAÍS de las cien mil vacas y los millones de pollos era lógico que pasara. Primero nos cargamos a los terneros que superproducíamos en los establos para alimentar una población ávida de hamburguesas y de perritos calientes que luego aparecen tirados en las papeleras porque el consentido niño de turno quería el muñeco y no la carne picada y encharcada de ketchup. No se hicieron bien las cuentas, porque la manada de vacas no paraba de aumentar y la de niños saciados no paraba de bajar, así que se inventó lo de las vacas locas, que era una manera de obligar a los ganaderos a matar los mamíferos que proliferaban peligrosamente. Al primer mundo de este mundo no le cabe ya más comida. Está que revienta. Niños obesos engullendo chucherías que compran por kilo en unas tiendas muy cucas en las que se lo ponen todo muy apetecible, de colores y sabrosos sabores. Adultos mórbidos que utilizan pantalones con goma en la cintura para no enterarse de que se están atiborrando como chorizos. Hermosas modelos que se arrepienten en la taza del váter de haber introducido en su cuerpo alguna venenosa caloría. Vecinos alarmados ante una huelga de transporte que desabastece los supermercados no porque las existencias sean escasas, sino porque los consumidores arrasaron con las estanterías para llenar las ya satisfechas despensas de sus casas. Por eso ahora le tocó a los pollos, porque el despoblado primer mundo no es capaz de comerse la cantidad de aves que necesita pero no tiene el tercer mundo. Alguien pensó que nos podría pasar como en Los pájaros y se inventó lo de la gripe aviar. Y le toca a los pollos, y no a los peces, porque la acuicultura aún está en pañales, pero todo se andará. O puede que sea cierto que las vacas se volvieron locas y los pollos tengan gripe. Puede que la naturaleza, que es muy sabia, nos castigue. Simplemente.