AREOSO | O |

17 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

DE TODO se aprende, también de lo malo. Y para alguien como yo que nunca había visto un incendio tan de cerca como estos días pasados, la experiencia resultó aleccionadora. El fuego ha dejado de ser un problema ajeno. Las imágenes de los montes de Portugal, de Guadalajara u Ourense bajo las llamas me encendían la vena de la indignación y la tristeza pero, como suele ocurrir con casi todo, la distancia actúa como un bálsamo que mitiga pasiones y sentimientos. Pero desde que el lunes 7 de agosto vi el humo asomar por detrás de la playa Compostela y llegar al pie -y no es un eufemismo, hablo de centímetros- de las casas de Tremoedo, la tragedia de los incendios ya nunca será percibida del mismo modo. La rabia, la impotencia y la angustia ya la conocí con el Prestige . Esta vez hubo un nuevo ingrediente. El miedo. El fuego anduvo demasiado cerca como para no tenerlo. Las imágenes que llegaron a mi retina fueron pavorosas. No más que las que se vivieron en Cotobade, Rianxo o Avión, por nombrar unos pocos escenarios del desastre. Pero es que en Vilagarcía, Vilanova y Meis el drama no sólo me llegó por los ojos -a través de la mirada de la cámara-. También se me descubrió al resto de los sentidos: la nariz respiró olor a chamusquina, la piel sintió el calor de las llamas, oí gritar y llorar a la gente de desesperación y en mi garganta perduró por varios días el sabor a tierra quemada. La cara más dura del fuego se reveló, y me dio miedo. Y me dio que pensar sobre lo frágiles que seguimos siendo a las catástrofes naturales. Somos capaces de ir a Marte pero seguimos sintiéndonos desamparados ante un barco que desparrama su carga de petróleo en el mar o un fuego que se descontrola entre los pinos. Menos mal que la naturaleza aún tiene capacidad de regenerarse. La pregunta es ¿hasta cuándo?