La concentración de mejillón en las cuerdas obliga a efectuar labores de desdoble
08 sep 2009 . Actualizado a las 02:00 h.«Es mejor ponernos a la popa porque las corrientes nos dejan trabajar mejor», le comenta Ricardo, tripulante del Virxen do Mar, al patrón, Francisco Sánchez Toucedo, Paco para los amigos. Son las ocho de la mañana y la tripulación está a punto de iniciar una nueva jornada de desdoble de mejillón. Esta fase del cultivo se efectúa cuando el molusco tiene entre cuatro y seis meses de vida y alcanza un tamaño próximo a los cuatro centímetros. Debido al considerable aumento de peso de cada cuerda se hace necesario desdoblarla. Es decir, hacer de cada soga dos o tres nuevas que volverán de nuevo a la plataforma flotante.
Una hora antes de comenzar la actividad, Francisco Sánchez recoge, uno por uno, a los trabajadores en un Land Rover Santana. El destino final del trayecto es la playa boirense de Mañóns donde espera la Diana Dous, una chalana que será la que nos lleve al Virxen do Mar, que se encuentra fondeado a unos 500 metros del arenal. «Te recomiendo que lleves algo de abrigo porque a donde vamos a ir hace bastante frío», aconseja el bateeiro al periodista.
Francisco Sánchez, con 36 años a sus espaldas en el mundo de la batea, es natural de Abanqueiro (Boiro). Todas las mañanas coge su embarcación de 16 metros de eslora y pone rumbo a las tres plataformas flotantes que tiene en el polígono A Pobra E. Con Paco y Ricardo trabajan también Manuel y Luis.
Estas semanas acuden al polígono para intensificar las labores de desdoble, que llevan un par de meses de retraso por falta de ventas de mejillón. Una vez amarrada la embarcación a la batea, Paco hace una selección de las cuerdas que van a ser desdobladas. Posteriormente, el patrón se pone al mando de la grúa mientras Ricardo dirige las operaciones desde la batea. Por su parte, Manuel y Luis recogen cuerdas secas de la plataforma y las depositan en la cubierta del barco. En el horizonte aparecen las primeras luces del día.
Red metálica
Comienza la actividad. Dos cuerdas en las que están adheridos los mejillones son enganchadas por otra que, previamente, fue soltada por debajo de la quilla del Virxen do Mar. La grúa tira de la soga hasta que salen a la superficie. Un gran cesto, que con anterioridad fue soltado al agua, introduce las cuerdas desde el fondo para que el molusco se deposite en esta red metálica.
En ese momento, la grúa tira del cabo hacia arriba. Una vez que el cesto está en cubierta, se abre la compuerta y el producto queda depositado en el suelo. Esta maniobra se realiza en torno a una docena de veces a lo largo de la jornada de trabajo.
La segunda fase del proceso consiste en clasificar el mejillón, limpiarlo y eliminar los residuos que trae consigo. Para ello, Manuel y Luis utilizan una mesa de trabajo que tiene una rejilla en su interior por donde cae todo aquello que no es aprovechable. Ellos lo llaman peneirar el mejillón.
Venda biodegradable
De forma paralela, Paco prepara la máquina que se emplea para hacer las nuevas cuerdas de bivalvo. Se trata de un mecanismo sencillo. Por un lado se introduce la soga seca, que pasa a través de un agujero y sale por el otro extremo llena de mejillón recubierta por una venda biodegradable, que a los quince días se deshace sin generar ningún tipo de impacto medioambiental en el entorno.
Paco, Ricardo, Luis y Manuel hablan de la situación por la que atraviesa el sector bateeiro. «Ahora se puede decir que estamos en un momento tranquilo, que no es poco después de la que cayó el verano pasado con todo esto del conflicto», apuntó Ricardo, un boirense que, con 32 años de edad, puede decir que lleva toda la vida en esto del mejillón: «Empecé muy joven en esto y es lo que mejor se hacer», subrayó.
Por su parte, Francisco Sánchez quiso hacer hincapié en las escasas ventas y en el precio que el molusco alcanza en los mercados. «Hace dos años la producción completa de una batea rondaba entre los 30.000-35.000 euros, hoy te puedes dar con un canto en los dientes si te dan 24.000», esgrimió el profesional. Y añadió: «No creo que la situación se estabilice antes de dos o tres años».
Son las 13.00 horas. Los bateeiros hacen un pequeño parón para comer un bocadillo y algo de fruta. En esta ocasión, el chorizo y el queso son los protagonistas gastronómicos. «Solo quedan horas para acabar, llegar a casa y echar una siesta», comenta Luis.
Sobre las 15.30 horas, el barco enfila hacia Mañóns, pero antes hay que hacer una parada obligada en un astillero próximo para arreglar el manguito de una máquina.
Ya en tierra, los cuatro trabajadores se vuelven a subir al Land Rover Santana después de una dura jornada de trabajo. Vuelven a sus casas sabiendo que, mañana a las seis, habrá que volver a la batea.