El hombre proviene del mono. Del mono de repetición. Somos grandes copiadores pero, como dice mi amigo Paco, solo copiamos lo malo. Lo bueno, no. Un entrenador de un equipo infantil de fútbol ve por la tele cómo Guardiola le pega una patada al banquillo, enfadado porque el Barça ha fallado una ocasión cantada, y él hace lo propio otro día cuando sus niños de once años encajan un gol. La diferencia es que el banquillo del campito en el que juegan esos niños es de mírame y no me toques y si se rompe no hay cuartos para pagar uno nuevo. Al Barcelona le daría igual, pero al San Miguel, por ejemplo, pues no. Y así tampoco extraña que unos juveniles enfadados del Bamio destrozaran los vestuarios del campo del Deiro, en Vilanova, donde jugaron el pasado viernes. Lo hacen porque copian este comportamiento porque en la tele han visto mil y una tanganas. Y lo peor es que de mayores harán lo mismo que hicieron los adultos que estaban a cargo de esos chavales con tanto apetito por la destrucción. Nada. Porque nada hicieron para impedir los destrozos. Copiar no es malo. Es inteligente si lo que se imita es lo bueno. Pero eso se nos da mal. Somos monos evolucionados, como descubrió Darwin, pero unos monos con muy poco sentido del civismo.