La idea planteada por el Concello de Vilagarcía de crear un macroespacio llamado Arousa con la ciudad como cabecera está cargada de sentido común, y no deja de incidir en algo repetido por activa y por pasiva, que la comarca precisa de una gestión conjunta que no solo permita rentabilizar y aprovechar sus recursos, sino también ofrecer al exterior una imagen conglomerada que nos beneficiaría tanto desde el punto de vista comercial como turístico, y seguramente también desde otros muchos ámbitos que ahora no se me ocurren. Pero la iniciativa tiene, de entrada, dos problemas. El primero, de celos y competencia. ¿Cómo vamos a ponernos de acuerdo cuando no somos siquiera capaces de racionalizar el calendario de fiestas de interés turístico -Romería Vikinga y Festa do Albariño- y cuando Cambados y Vilagarcía llevan décadas rivalizando por sus programas festivos? El segundo escollo son los ayuntamientos. Con el sistema actual de reparto administrativo por minifundio se corre el riesgo de que la Ciudad Arousa sea lo mismo que las mancomunidades, un ente indefinido que da empleo y reparte subvenciones pero que nadie sabe, en realidad, para lo que sirven. Al tiempo.