L
a vida me cambió a los quince años. Mi primo Alberto me había dejado una cinta con el disco The River, de Bruce Springsteen. Me la iba a grabar en el loro doble pletina que me habían regalado. El aparatito tenía autoreverse. Así que cuando sonó la última canción, se hizo un breve silencio roto tan solo por el mecanismo del casete y sonaron los Ramones. Su primer disco. Ese himno que es el Blitzkrieg bop. Y luego todas las demás. Me gustaron tanto que al día siguiente me compré dos discos en Madrid Rock. La tienda ya no existe. Pero mi colección (en vinilo y en cedé) sí. La hija de un amigo y colega de profesión me dio el sábado la alegría de verla con una camiseta de los Ramones. Luego le conté a su padre que me había hecho ilusión y me dijo que está loca con el grupo. Esa chica siempre me pareció inteligente. Queda confirmado. Siempre me he dado de bruces con las cosas que más me han apasionado en la vida. Estaban como esperándome. En la cara b de aquella cinta. En el principio de una película que fui a ver porque sí. Tras la misma puerta tantas veces atravesada. En una búsqueda a voleo en Internet. O en una lametada robada en helado ajeno. Las cosas buenas llegan así. Como una bofetada. Sin esperar que sucedan. Tras años y años entregado al limón y la naranja descubres un mundo nuevo y sabroso en el chocolate y la frambuesa. Y todo cambia. Como aquel primer día en el que escuché a los Ramones. Y ya nunca he dejado de hacerlo. Porque las cosas buenas de verdad son para siempre. O deberían serlo.