Pagar dos veces y decir amén

Serxio González Souto
Serxio González VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

NACHO HORTAS

La única receta que los gobernantes parecen dispuestos a aplicar es el sangrado al contribuyente. En Arousa no faltan ejemplos

24 mar 2013 . Actualizado a las 06:56 h.

Es justo anteponer a cualquier otra consideración la contundencia del miserable momento actual, capaz de desconcertar al más bregado de los gobernantes. Aquí, en Fexdega, advirtió Felipe González en plena campaña de las autonómicas del 2009 al entonces presidente de la Xunta y candidato a la reelección por el PSdeG, Emilio Pérez Touriño, de que las crisis se llevaban por delante cualquier gobierno. Lo dijo antes de tomar un vuelo a México para parlamentar sin bajar de las alturas sobre metafísicas cuestiones, difíciles de digerir para el hombre de la calle, que cada día debe aplicarse en comer, vestir y pagar el alquiler o la hipoteca. Lo mismo reza, amplificado, para su sucesor, el popular José María Aznar, cuya distancia con el denominado pueblo llano alcanzó cotas que ni la mismísima pértiga olímpica de Serguéi Bubka rozaría. A nadie puede extrañarle, por tanto, que equipos llegados en el peor contexto imaginable al pilotaje político de la Administración, como el que en Vilagarcía conforman el Partido Popular y los independientes de Ivil, se las vean y se las deseen buscando salidas al laberinto.

Pero una cosa es la comprensión y otra muy distinta la ceguera ante la única receta que la gaviota parece dispuesta a aplicar en sus diferentes niveles de responsabilidad. En la capital arousana, como en cualquier sitio, imperan las urgencias economicistas. El agujero es grande, argumenta Ravella, y habrá que taparlo antes de pensar en nada más. El plan de saneamiento fue el primer afán al que se aplicaron Tomás Fole y su equipo. Difícil de rebatir desde la oposición zurda, cuando la etapa anterior se caracterizó en tantas ocasiones por el dispendio generoso de los fondos públicos. Lo malo de la secuencia conservadora es que, puestos a atajar la fuga económica, los que pagan son siempre los mismos.

Resulta paradójico en quienes se reclaman adalides del neoliberalismo, pero el único remedio que han sido capaces de idear se basa en incrementar la presión sobre el ciudadano. Poner precio a la Justicia, pensar en convertir el pan que los recién nacidos traían bajo el brazo en un pufo de 30 euros a mayor provecho del notario y el registrador de la propiedad de turno -esto es lo que significa eliminar los registros civiles para ponerlos en manos privadas, tal y como planea el ministro Gallardón- o confiar los servicios de los hospitales públicos a los usureros para que después aparezca carne de caballo en cualquier plato. En Madrid se sirven menús hospitalarios dignos del peor calabozo. El principio es idéntico al que anima la eliminación de comedores escolares, el incremento disparatado de las tasas de las escuelas de música o el intento de sangrar medio millón de euros cada año al currito al volante a base de privatizar el control del aparcamiento. El de abajo, el de a pie, paga.

Otro ejemplo. La idea de rentabilizar el uso de las instalaciones municipales parece correcta. Pero el cobro debería limitarse escrupulosamente a los casos en los que existe un ánimo de lucro incontestable. De otra forma, además de gravar aún más la maltrecha producción cultural, lo que hará el Concello será sangrar al contribuyente, que ya pagó con sus impuestos la creación de salas y auditorios, por duplicado. Mientras, los miserables que vampirizaron presupuestos, comisiones, dietas, donaciones y todo tipo de transacciones a cuenta del bien común presentan demandas por despido improcedente, entierran billetazos en el jardín, se aferran como garrapatas al sillón y, para rematar la faena, se sienten agredidos cuando pintan bastos. A todo esto, un ministro francés tiró la toalla esta semana por poseer una cuenta en Suiza. Inocente criatura. Aquí no hubiese pasado del primer recreo.