A Illa revive su pasado sin puente

maría santalla VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

VÍTOR MEJUTO

Esperando al pelotón, los vecinos recordaban su vida antes del viaducto

27 ago 2013 . Actualizado a las 06:57 h.

No hace tantos años, apenas 28, A Illa todavía no había inaugurado el puente que hoy la une al continente. Los coches eran entonces una excepción, podía caminarse sin peligro por las calles, los víveres llegaban por mar y cualquier emergencia tenía que derivarse necesariamente por barco. Ayer, la Vuelta tuvo la facultad de devolver al municipio, por unos minutos, a esa época que los más jóvenes de la localidad ya no conocieron. Por eso, y porque era la primera vez que el pelotón se acercaba a la localidad insular, la de ayer fue una jornada muy especial en el corazón de la ría.

Para llegar a disfrutarla, eso sí, había que cruzar previamente un viaducto que las medidas de seguridad convirtieron en toda una prueba para conductores miedosos. Desde primeras horas de la mañana, unas vallas separaban la zona peatonal de los carriles por los que pasarían los ciclistas, y unas barreras plásticas dividían los dos sentidos de la circulación. Pero el viento pegaba fuerte ayer en A Illa, tanto que fue necesario que un camión de bomberos rellenase las separaciones plásticas con agua para evitar que volasen, y este operativo ocasionó algunas retenciones en el tráfico.

Superados esos pequeños inconvenientes, en el interior de la localidad los vecinos comenzaban tímidamente a mediodía a preparar el paso de la Vuelta. El estacionamiento en los viales por los que atravesaría la carrera estaba ya prohibido, pero en A Illa las cosas se las suelen tomar sin prisas, y al filo de las dos todavía algún que otro vehículo se hacía el remolón en las zonas prohibidas.

Pese a ello, las calles casi desiertas llevaron a los melancólicos de vuelta a esa época que en A Illa algunos todavía añoran: «Mira, sen coches, coma antes da ponte», comentaban cruzando despreocupadamente la avenida de A Ponte o disfrutando de la estampa de una avenida Castelao sin un solo automóvil a la vista.

Claro que también es cierto que aquellos tiempos que muchos evocan con cierta nostalgia tenían muchas desventajas. La principal, en la que coinciden todos los que los vivieron, era la atención de las urgencias. Cuando se producía una emergencia sanitaria o cuando una mujer se ponía de parto, el traslado hasta los centros sanitarios del continente debía hacerse, en su primer tramo, por mar. Era una posibilidad que ayer hubiese ocurrido algo así durante los minutos que el puente estuvo cortado, pero afortunadamente no fue así, y el operativo preparado para hacer frente a cualquier eventualidad no tuvo que ponerse en marcha.

En A Illa había cierto miedo al paso del pelotón por el puente, porque a su estrechez se sumaba el fuerte viento que ayer decidió soplar. Y aunque los ciclistas se confundieron y abordaron su paso por los dos carriles en lugar de solo por uno, finalmente los profesionales levantaron el pie y no hubo que lamentar incidentes. Pese a que hubiesen querido que no pasase nada en ningún lugar, algunos suspiraban aliviados por que la caída se hubiese producido en Vilaxoán y no en A Illa.

Tras salir del puente, el pelotón encaró el vial de O Xufre. A su paso, un buen número de camisetas amarillas los recibieron. Eran los padres y profesores de alumnos del instituto, que se manifestaban así contra los recortes. La travesía por O Cantiño fue un visto y no visto, y no faltó mucho para que se produjese algún atropello cuando el público que eligió ese entorno para seguir la carrera comenzó a cruzar sin percatarse de que llegaba todavía algún coche rezagado.

Finalmente, entre los isleños quedó el buen sabor de la espectacularidad de una carrera que, todos coincidieron, pasó rápido. Eso sí, tan pronto los ciclistas salieron por el puente, los coches comenzaron a salir de sus cobijos y volvieron a tomar las calles. «Xa se acabou a volta e xa empezamos a ghobernar nós outra vez», decía con tino la camarera de un céntrico local.

La localidad volvió a ver ayer sus calles desiertas de coches

Tan pronto los ciclistas se fueron, los automóviles regresaron