En 2012 conocí la otra Valga, la de Estonia. Fue un viaje clásico mío. 4 días y medio y un total de 17 partidos. Unos 400 kilómetros de coche y una noche en un hotel en un villa desconocida: Valga, la de Estonia.
Recuerdo una ciudad pequeña. Mezcla del estilo ruso con bloques muy cuadrados de viviendas con casas unifamiliares en la zonas más alejadas del centro. También, una ciudad muy verde. Fresca. Un tiempo soleado. Y como en ese país, dos aspectos llaman la atención, la limpieza y el Wifi. Estonia ha sido un país pionero en el Wifi. Lo hay en todos los sitios? ¡y gratuito!.
Vuelvo al clásico. Soy de los enfermos del running. Me sirve para dos cosas. Conocer las ciudades que visito por culpa del baloncesto (me pasaba casi todo el día dentro de pabellones) y hacer fotos mientras supero mi adicción a correr. Es una manía. Me gusta hacer fotos con el teléfono mientras corro. Peores cosas se han visto, ¿no?
Valga, como muchas ciudades bálticas, tiene el carril bici con espacio para los peatones como parte de su paisaje. Nos llevan unos cuantos años de ventaja también en esto. Y no será por el cálido clima que aconseja el uso de la bici como medio alternativo? No sé lo que harían si tuvieran nuestro sol.
Llego sobre las 11 horas y me planto en el pabellón, a eso había ido a Valga, a ver baloncesto de chavales. Por cierto, pabellón de un centro escolar. Parqué, seis canastas, calor, una estructura simple pero ejemplar. Y mi mente me llevó al recién inaugurado pabellón (¿galpón?) del colegio A Lomba?
Tras paparme seis partidos, toca ir a descansar al hotel. Cómodo, sobrio pero con aire clásico. Es de noche. Y no tengo tiempo de ver nada. Preparo con el móvil y el reloj el recorrido que quiero correr la mañana siguiente. Me marca un paso por una especie de playa fluvial (existe). Y una carrera de 12 kilómetros con seguridad evitando la carretera.
Otro defecto. Tengo buena memoria fotográfica. Bares, señales, comercios. Todo me sirve para no perderme en caso de que el GPS me haga una mala jugada por aquello de la pérdida de señal y volver al hotel. Valga ofreció un paisaje tranquillo. Un pueblo silencioso. Un lugar sencillo para vivir. Una clásica ciudad estonia. Sobriedad. Serenidad. Seguridad.