De la presidencia de la Diputación se salta a la del Gobierno o a la de la Federación de Fútbol
05 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Vigo, Gijón o Jerez de la Frontera son ciudades importantes, con más industria y más habitantes que sus capitales de provincia, pero no tienen Diputación y eso les quita protagonismo, prosapia y abolengo, algo de lo que sí presumen Cádiz, Oviedo o Pontevedra. Las diputaciones son la esencia de la provincia, el emblema de sus capitales, la referencia de alcaldes, artistas, pequeños constructores y políticos con aspiraciones.
Cada mañana, la vida bulle en los cascos viejos de las capitales de provincia alrededor de la Diputación, ese edificio noble y solemne donde se sustancia la división en 49 distritos establecida por Javier de Burgos en 1833, hoy 50 tras el desdoblamiento de las Canarias en dos, aunque la división canaria en cabildos y las siete comunidades uniprovinciales hayan dejado el número de diputaciones en 38.
La primera vez que entré en una diputación fue para que me subvencionara Mariano Rajoy. Era mi bautismo en palacios y me impresionaron las escaleras, los salones, el mobiliario y el respeto con que los directores de bandas de música, asociaciones culturales y grupos teatrales aguardábamos en la antesala del despacho del presidente de la Diputación. Íbamos entrando de uno en uno y la ceremonia era rápida y práctica, como solía proceder don Mariano. Accedíamos a su despacho, nos extendía un cheque de 150.000 pesetas, firmábamos un documento, estrechábamos su mano, nos hacían una foto y que pase el siguiente.
Esto de darme la mano no crean que es una cuestión baladí. A mí me sirve para descubrir a las personas detallistas y a las despistadas. Como solo tengo una mano, la izquierda, quienes me la estrechan suelen hacerse un lío si no atienden, como le sucedió al conselleiro Vázquez Portomeñe, que me la quiso estrechar en una inauguración de Fexdega y acabamos chocándolas en lo alto, como si fuéramos dos jugadores de baloncesto. Rajoy era de los detallistas, me extendió su izquierda y no hubo titubeo ni embarazo.
Estrechar la mano a un presidente de la Diputación de Pontevedra y tener una foto con él es algo que debe valorarse. Esa foto debe guardarse por lo que pueda pasar. Yo no fui previsor, perdí la de la subvención a mi grupo teatral y ahora no puedo presumir de tener una foto con un presidente del Gobierno de España. Fíjense en que tras Rajoy vino Cuíña, que acabó mandando más que nadie en Galicia después de Fraga. Y qué les voy a decir de nuestro Rafael Louzán, que presidió la diputación pontevedresa entre 2003 y 2015, de ahí ha saltado a la presidencia de la Federación Española de Fútbol y como vayan las cosas bien, este verano será campeón del mundo. Así que mucho cuidado con la Diputación de Pontevedra.
Su actual presidente es Luis López Diéguez, un señor con buena presencia que atesora dos almas: sus orígenes rurales y su formación y estilo urbano y actual. Es de lo que llamaban el sector de la boina por haber sido concejal de su pueblo entre 2003 y 2007 y alcalde desde 2011. Y su pueblo es Rodeiro, o sea, ese interior pontevedrés que debe de tener algo para que nazcan en esas comarcas tantos políticos y personajes con inteligencia natural. Cómo no recordar a Xosé Maril y su milagro, mientras duró, de la Semana Verde de Silleda.
Pero Luis López Diéguez es también del sector ‘popular’ urbano del birrete. Estudió Derecho en Compostela antes de desarrollar, sigo su currículo oficial, «su labor profesional en la empresa privada como técnico de organización y en diversas empresas del sector servicios y otros». Una foto con él también debe guardarse por lo que pueda suceder.
Quien no tiene mucha intención de hacerse una foto con el presidente de la Diputación de Pontevedra es el alcalde de Vilagarcía. La negativa a subvencionar unas obras en la ciudad ha provocado unas tiranteces y un intercambio de notas y críticas bastante ácido entre el ayuntamiento vilagarciano y la diputación pontevedresa.
Resulta raro ese enfrentamiento. No es nada común. Las diputaciones son organismos con dinero y poderío. Tanto que pueden contentar a todos los partidos y a todos los alcaldes. Puede haber alguna tensión, pero en silencio, sin enfrentamientos públicos. En las diputaciones que conozco, se suelen pactar las ayudas a los ayuntamientos de tal manera que no haya enfado y sí equidad. Cuando se inicia el ejercicio, se pacta también el número de asesores de cada partido con representación provincial, que pueden así colocar a sus cesantes. El resultado final es que los presupuestos anuales se aprueban por unanimidad.
Por eso ha llamado la atención la hostilidad entre ayuntamiento y diputación, que parece seria en lo referente a la subvención no concedida del Plan Extra, pero tiene su parte berlanguiana y chusca con el veto a la food truck «O Sabor das Rías Baixas» de la Diputación con la que se promocionan las fiestas gastronómicas de Pontevedra. Que hay guerra abierta se nota hasta en la petición provincial, que hace referencia a la rúa Alcalde Rei Daviña, obviando su nuevo nombre de Rúa do Río. El caso es que la food truck se acabó instalando en el puerto y el episodio ha quedado un poco ordinario y tosco, nada que ver con aquellas ceremonias refinadas del tiempo de don Mariano.
Vilagarcía y la Diputación se enfrentan por una subvención y una «food truck»
López Diéguez, alma rural por Rodeiro y urbana por Compostela y Pontevedra