El vilagarciano se irrita si le respondes que te entusiasma y enseguida pone pegas
14 sep 2026 . Actualizado a las 10:57 h.Cuando vengo a Vilagarcía, algunos amigos y conocidos me riñen y casi todos acaban haciéndome la pregunta del millón: «¿Cómo ves Vilagarcía?». Vivo a caballo entre Cáceres y la Perla de Arousa y mi manera de entender la ciudad no es la misma que cuando pasaba aquí todo el año. Ahora llego, bajo del tren y empiezo a bombear adrenalina. Voy a comprar disfrutando de cada detalle: hablo sobre madres y suegras con Fara mientras escojo medio queso, Rosi me cuenta sus excursiones y me despacha pescado, en la de Alonso comentamos la Festa da Auga al tiempo que me cortan el pan en rebanadas, Clariña saluda sonriente, siempre feliz, desde su obrador de empanadillas y me voy a tomar café con la alegría en el cuerpo, un gesto de satisfacción y sintiéndome dichoso por la suerte que tuve hace 45 años escogiendo por azar Vilagarcía para vivir.
Pero cuando estaba aquí de quieto, enseñaba a mis alumnos en Fontecarmoa o en el Armando Cotarelo y escribía todos los días en La Voz, mi actitud era distinta. Era un vilagarciano fetén que estaba siempre atento a cualquier descuido, a los detalles negativos, a las medidas erradas de los concejales… Como dice Álvaro Monteagudo cuando tomamos café en Al Pan, el vilagarciano auténtico es muy crítico con su ciudad, pero con afán constructivo. «Queremos que esta sea la mejor ciudad posible y por eso somos críticos con lo que vemos», razona Álvaro, que fue mi alumno en tiempos y eso establece lazos y teje complicidades para toda la vida.
Esta mirada feliz de visitante relajado y jubilado, que vive lejos y contrasta, que pasea y disfruta, choca con la de los vilagarcianos irredentos, críticos y siempre alerta, que no pueden contenerse y, tras los saludos protocolarios, me echan en cara mi visión optimista y desgranan una retahíla de errores y faltas que ven a su alrededor. La primera y fundamental es el tráfico. Frente a la emoción del paseante que disfruta de un casco urbano peatonalizado y humano, de un centro comercial abierto donde las tiendas más populares están en la calle y no en un espacio cerrado como en el resto de España, los vilagarcianos de toda la vida critican que no se pueda circular ni aparcar, que los guardias multen a la primera y que llegues cargado y no puedas vaciar el coche a la puerta de casa.
Da lo mismo que respondas con argumentos como los aparcamientos disuasorios o la humanización de la ciudad, tampoco los convencen los casos de esos jubilados que, tras recorrer diferentes ciudades y villas de las Rías Baixas, escogen Vilagarcía para vivir por ser tan cómoda. Ellos añoran otros tiempos, preferirían que la Plaza de Galicia fuera una rotonda y no hay más que hablar.
De todas maneras, hay algo indiscutible: en verano, aparcar es toda una odisea y algunos aparcamientos de pago eliminan los bonos que sí funcionan el resto del año y son bastante asequibles, pero el turismo es lo que tiene. Si Vilagarcía no fuera atractiva, ese problema no existiría.
Quienes no se atreven a reñirme por demasiado optimista, me hacen una pregunta sutil: «¿Cómo ves Vilagarcía?». Sospecho que ese interrogante se le plantea a cuanto pariente o amigo visita Vilagarcía. En cualquier lugar, el nativo se siente reconfortado si le dices que ves muy bien su ciudad. Aquí, no. El vilagarciano se irrita si le respondes que Vilagarcía te entusiasma y empieza a poner pegas. Es un caso único, digno de un estudio sociológico.
Más allá del tráfico, el vilagarciano cuestiona el optimismo del forastero argumentando que los precios se disparan, que todo se apuesta al turismo, que falta industria, que la vivienda está por las nubes y hasta que la Festa da Auga es un desmadre y deja más suciedad que felicidad.
Yo replico
Ante tal rosario de desgracias, unos se callan. Yo replico. Es verdad que las cigalas estaban a 30 euros el kilo el martes 4 de agosto y a 45 el sábado 8. Y las nécoras, a 55. ¡Ah! Y las judías verdes a 6 euros. Pero bueno, dejemos en verano el marisco para el madrileño. Ya llegarán nuestros meses con erre. En los supermercados, los precios son semejantes a los de Teruel o Badajoz, dos lugares donde he comprado hace poco. En los bares, el café con pincho es de los más baratos de España (1.60-1.70). Es verdad que en algunos restaurantes desaparece en verano el menú del día, pero la carta no se dispara.
La vivienda es cara como en el resto de España y hay poca en alquiler… como en el resto de España. Lo de apostar por la industria es otro mantra. Se recuerdan los tiempos gloriosos en que Vilagarcía era eminentemente industrial. Pero ya en 1970, el fundador de Metalsa se fue de Vilagarcía con una sentencia: «Esta ciudad ya no da más de sí». Pero el caso es que Vilagarcía resiste con el puerto creciendo, el ferrocarril convirtiéndola en una ciudad de referencia para vivir, el clima y el paisaje realzándola y el turismo impulsándola. ¿Soy prisionero del optimismo del viajero feliz? Puede ser. Pero también tengo la ventaja del forastero que relativiza, compara y descubre virtudes donde antes, cuando era nativo, solo veía yerros, fallos, desaciertos y descuidos.