Mucho antes que la plaza de Galicia, el Campo de Ferreiros fue el eje de la vida vilagarciana
22 sep 2018 . Actualizado a las 05:00 h.Bien pensado, es una pena que ese espíritu según el cual casi cualquier piedra es patrimonio no se hubiera instalado antes, mucho antes, entre nosotros. Así, probablemente, cuando alguien nos dijera que nos iba a poner en la picota todavía sabríamos qué rayos nos quería decir, porque, en efecto, aún conservaríamos el rollo jurisdiccional -de piedra, eso sí- en torno al cual se impartía justicia. De paso, hasta descubriríamos que, pese a la creencia tan popular como poco documentada, Vilagarcía sí tiene casco histórico. Otra cosa es cómo evolucionó. Y la plaza de la Independencia es su paradigma.
En efecto, mucho antes de que existiese la plaza de Galicia, cuyas dimensiones actuales datan de 1931 -en términos históricos, antes de ayer-, el eje de la vida ciudadana de Vilagarcía fue, durante siglos, la plaza de la Independencia, cuyo suelo está a punto de ver su enésima reforma. Lo cual, sea dicho de paso, es, de nuevo, un ejemplo de cómo evolucionó la propia ciudad en su conjunto. Porque, a todo esto, habrá que recordar que las ciudades son entes vivos, cuyas formas se van adaptando a las funciones que en cada época requieren sus ciudadanos. Por eso, entre otras cosas, no sería hoy funcional una picota en medio aunque su forma sí merecería ser conservada.
Los tres ejes de gravitación
Hasta que en las dos últimas décadas del siglo XIX se desecaron y urbanizaron las marismas, la naciente Vilagarcía gravitaba en torno a tres núcleos: O Castro, la antigua insuela medieval; la iglesia y la plaza del Mercado (hoy Independencia); y el puerto pesquero (la antigua Arealonga, entre la Marina y la calle del Río). Desecar las marismas permitió colmatar los espacios intermedios. Fue así como nació la plaza del Reloj, luego del Sol y hoy de Galicia. Pero eso fue, si no antes de ayer, simplemente ayer, porque antes, desde la misma fundación de la villa, a mediados del XV, y hasta finales del XIX, el centro-centro fue el Campo dos Ferreiros; dos términos, campo y ferreiros bien definitorios de su origen. Si pensamos que a escasos doscientos metros estaba el campo de Cabritas (hoy plaza de Ravella) ya tenemos dibujado además del paisaje, el paisanaje.
Tres datos demuestran hasta qué punto en torno a Ferreiros, o plaza de la Leña -según algunos documentos- pero sobre todo plaza del Mercado se movía todo. Uno: hasta que en 1885 se construyó la actual Casa Consistorial, la corporación municipal utilizó casas de alquiler, normalmente en el entorno de ese Campo. Dos: fue en ese mismo lugar donde el arzobispo de Santiago envió a su emisario en 1584, para, delante de todo el pueblo, «derrocar e escachar en el suelo el rollo o picota que estaba puesto por el dicho García de Caamaño», el fundador de la villa al que el prelado había ganado el pleito por la jurisdicción del territorio.
Y un tercer dato: cuando un 12 de mayo de 1808 los vilagarcianos decidieron, sin saberlo, que iban a ser los primeros en levantarse contra la invasión francesa, se reunieron no en cualquier lugar, sino en la plaza del Mercado. Cierto que aquella chulería -o chulada, según se mire-, de ser pioneros en Galicia en tal menester nos valió el arraso general de la población por las tropas de Napoleón un año después. Pero ahí quedó nuestro nombre, para siempre, en aquella particular Operación Triunfo.
Subconsciente callejero
En cualquier caso, aquel episodio dejó claro: uno, que para centro-centro, la plaza del Mercado; y dos, que la Guerra de Independencia tardaría muchos años en borrarse del subconsciente colectivo: primero, en el propio callejero, que comenzó a bautizarse con nombres de los grandes episodios de aquella guerra: Arapiles, Bailén, Numancia, Zaragoza, Gerona…; y segundo, bautizando la propia plaza como de la Independencia justo 160 años después del arraso por las tropas francesas, en 1969.
El Campo dos Ferreiros comenzó a cambiar de estatus cuando llegó a la alcaldía Francisco Ravella. Una de las primeras cosas que hizo aquel visionario catalán fue comprar el derecho de piso que aún a finales del XIX ostentaban los marqueses de Vilagarcía (pazo de Vistalegre) y que gravaba cualquier mercancía que se vendiera en la plaza del Mercado. Después promovió la construcción de la Peixería y, finalmente, trasladó la Alhóndiga (mercado de cereales) del Mercado al Campo de Cabritas.
Poco a poco, la actual Independencia no solo fue cambiando la forma, sino también la función. A principios del XIX, otro alcalde -injustamente olvidado-, Amadeo Brumbeck, puso también su empeño en poner orden en la venta callejera (A Baldosa era la plaza de la Verdura, en Brandariz se celebraba otra parte del mercado y en la Independencia se compraba de todo, mucho antes de que llegaran los chinos). De aquel espíritu reformador nació la idea (1906) de la actual plaza de Abastos, aunque no se vería materializada hasta treinta años después (1926/29). El caso es que, dos años después, la corporación republicana de Elpidio Villaverde decidió trasladar toda la actividad de la plaza del Mercado a la flamante plaza de Abastos. Para entonces ya el obelisco había sentado sus reales y el centro-centro se había desplazado unos cuantos metros.
Fue así como el antiguo Campo dos Ferreiros, rebautizado -tras perder el Mercado- como de Rosalía de Castro, perdió su antiguo estatus y tuvo que adaptarse a los nuevos tiempos. «¡Cuán tristes pasan los días, cuán breves... cuán largos son...», que diría la poetisa de Padrón. Hasta que entre 1967 y 1968 la plaza fue objeto de una profunda reforma hasta adoptar la fisonomía que aún hoy conserva. Fue bajo el mandato de Victoriano Piñeiro, y justo en el momento en que también se sustituyó el obelisco por una, entonces, modernísima fuente luminosa.
La fuente que acabó en Guillán
A raíz de esas obras, la plaza pasó a denominarse de La Independencia. La vieja fuente -la que tantas veces salía en las postales y en la que en tantas ocasiones bebieron y se surtieron menegildas, barberos, pícaros y vendedores de los más variopintos ungüentos- fue trasladada a Guillán. En su lugar se instaló un nuevo surtidor de tres caños culminado -y ese es su verdadero valor, no el vaso- con una alegoría que, ideada por el arquitecto Alfonso Barreiro, fue realizada por el prestigioso escultor Xoán Piñeiro, autor también de los bustos de Xoán XXIII y Moreira Casal, y de Rosalía de Castro y Secundino García, estos en Carril. Costó la urbanización 389.000 pesetas y la alegoría, 90.000. En total, apenas 3.000 euros. Un chollo.
Historiador y periodista. Dirige el área de Comunicación del Concello de Vilagarcía