Calle del Comercio. El «west side» (y 2)

MAXI OLARIAGA

BARBANZA

PACO VARELA

MAXIMALIA | O |

30 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EN LA farmacia Busto, conserva don Antonio una víbora en formol con la que, hace cincuenta años, me asustaba mientras con un pincelito untado en nitrato de plata me quemaba las verrugas. Aquella farmacia olía a trementina y a bálsamos de menta. En su laboratorio, se preparaban las fórmulas magistrales con todo tipo de probetas y morteros. La calle se abría por su izquierda con el comercio de Ventura y Salanova. Del primero, me queda el recuerdo de su cabello blanquísimo como un nimbo, y sus manos de pianista midiendo las telas de cheviot. Enfrente, en el primer piso, don Ramón Rudiño componía brazos rotos, curaba la gota o salvaba vidas in extremis ejerciendo la medicina. En el bajo, el señor Moas, enfundado en una bata gris de dril, marcaba el territorio de su escaparate con un hierro dentado al que ningún niño temía. Mosquera se afanaba en componer las grasientas averías de nuestras bicicletas hasta que los ojos se le fueron apagando como los pábilos de las mariposas de difuntos. Ezequiel Allut calibraba el oro y los brillantes mientras veía subir y bajar a Moncho Patiño silbando La del manojo de rosas ante la gran cartelera en la que James Dean, tamaño natural, anunciaba el estreno de Gigante en el cine de arriba -Cine Galicia-; desde la gatera que tenía por taquilla, Marisa veía el comercio de Chirri, del que no se me escapa su voz ni su aspecto de sobresaliente espada. Toda aquella zona la invadía un denso olor a Zotal -el desinfectante total-, que se precipitaba desde el interior del cine perfumando las losas de la calle sobre las que, de tarde en tarde, circulaba el coche de un viajante. Nosotros, jugábamos al fútbol, y Olivita, sin duda la niña más guapa de Noia, iba y venía a los recados o jugaba al diábolo las tardes de verano. Las golondrinas se la quedaban mirando tristes, sabedoras de su muerte prematura. Las Rufas hacían bizcochones y, enfrente, las Anacletas, entre corchetes y cordones de zapatos, parecían dos ratitas salidas de un cuento infantil. Agrafojo era joyero, pero trajo a Noia las motos Guzzi y Lube, y puso en nuestras vidas lo que se televisaba desde el paseo de La Habana en Madrid. La imprenta Laciana contenía en sus estanterías el saber de la época e imprimía toda clase de cartelería, tarjetas de visita y recordatorios. La tinta negrísima de las esquelas cambiaba bruscamente el olor de la calle. Yo vivía en el número 20. En su bajo, mis padres, y antes mi abuelo, cortaban piezas de vichy, franelas, panas y cretonas por metro y aún por vara. Cobertores, colchas y baúles salían de aquel comercio como expediciones a Europa y América. Riamar se aplicaba a la confección, y Chico a los calzados. Mercería y cuero Atrás quedaba la mercería de Finita y Rafael, que ejercía de procurador, y los textiles de los padres de Elsa y Joaquina. En el soleado taller de Ramón Pérez, se repujaba el cuero y Manolo de Brandia y El Toro insistían también en el ramo de las telas. Por fin, el entrañable maremágnum de la tienda de Rafael y Rosita Vellés, donde podías encontrar desde un imperdible, pasando todo tipo de cuerdas, sedales y anzuelos hasta un hoola hop . Don Fermín, en su obrador de suelo de tierra, elaboraba el milhojas de crema más exquisito, mientras Charito cogía puntos a las medias iluminando las carreras con un flexo de la increíble tienda eléctrica de don Benito Lozano. El aroma de los tabacos de Carolina, que se pasaba la vida entre la palilla y los sellos de Franco, se mezclaba con el de los vinos, quesos y frutos secos de Miguel Peneiras, y con una pizca de las especias de las Indianas en cuyo desvencijado escaparate colgaban, amenazantes, las tarjetas con las que la Iglesia prevenía de la concupiscencia de algunos filmes. Ni qué decir tiene que las numeradas como gravemente peligrosa 4R, suponían un lleno en todas las sesiones. Rama exhibía los zapatos Gorila con su pelotita de caucho verde de regalo y, enfrente, Francisquito vendía camisería, orgulloso de su Montesa niquelada que aparcaba en la puerta. La calle la cerraban Generoso, Isaura Verea y Ventura, confinados por la farmacia Baltar y el Banco Pastor. Desde el balcón de Muñoz, donde se extraían, empastaban o enfundaban muelas en oro y plata, se veía a Manolo pasar vendiendo La Voz de Galicia con su timbre quemado por el asma. Por allí, calle abajo, se fue todo aquello, suspendido en un aleteo de golondrinas, las últimas de un otoño que no logro recordar... asustadas quizá por los balines que comprábamos en la ferretería de Guerra. Dios nos habrá perdonado.