DESDE FUERA | O |
25 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.A MARCO Antonio, el pueblo de Roma, Cleopatra, sus legionarios y también sus enemigos, le llamaban Antonio. Antonio el Grande. Con Fulvia tuvo descendencia noble. Después descubrió el amor, un amor ajustado a su grandeza. Cleopatra, reina de Egipto. Hasta hoy llegan los alaridos de sus batallas y los cantos de su gloria. El llanto de su derrota en Accio. Aún hoy los barbanzanos ponen por nombre a sus hijos Marco Antonio. Estos días ha nacido uno, uno de los nuestros, para mantener la simiente en la tierra y el espíritu en los aires que limitan Monte Louro y A Curota. Para reivindicar que estamos vivos en estos tiempos revueltos. Barbanza no es la Galia ni Germania, pero es un dedo celta clavado en el ojo oscuro del cíclope romano. Marco Antonio tiene una lucecita como una estrella de espuma roja, una cajita de piedra donde conserva el ADN de los antepasados de Baroña. Los hombres y mujeres del castro que vieron pasar la historia del mar que no llevaba a ninguna parte. Le ves tan indefenso, dormido entre organdí y encajes, tan puro que pareciera rodeado del aura silenciosa de los duendes que juegan al escondite entre los pinos abrasados por la mano del hombre moderno. Me alegra el nacimiento de Marco Antonio porque es la esperanza azul, ese sueño que quizá se cumpla algún día. Quizás traiga con él la luz que no se halla en parte alguna. Todos los días nace un ser humano en Barbanza capaz de llevarnos a los cielos exteriores donde te devuelven los sueños perdidos. Eso espero de este Marco Antonio. Una lucecita sembrada con sus pasos como semillas de oro. Mi deseo es que ni en él ni en ninguno de los nuestros se cumpla la terrible profecía de Machado: «Españolito que vienes al mundo te valga Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón». ¡Salve Antonio! Marco Antonio.