DESDE FUERA | O |
21 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.PENSABA DEDICAR esta semana mi columna semanal a la gripe aviar, pero a la hora de ponerme a escribir me he sentido beligerante, por lo que me voy a referir a ese estudio comentado en todos los medios de comunicación en el que se destaca que el rechazo de los españoles a la inmigración se ha multiplicado por cuatro desde hace ocho años. Desde luego, se trata de un dato preocupante aunque, en buena medida, previsible y hasta lógico. Cuando apenas casi llegaban a España inmigrantes, los españoles nos declarábamos tremendamente tolerantes con los foráneos. Ahora que nuestros nietos comparten el aula del cole, los recreos y las salidas con marroquíes, rumanos, nigerianos, colombianos... la percepción cambia y nos asustamos ante lo desconocido. El colosal incremento de la inmigración que ha vivido España en los últimos años hacía inevitable cierta tensión social pero, a la vista de lo que opinamos los españoles sobre este asunto, hay que reconocer que nos ha llegado a todos la hora de recibir un buen tirón de orejas. A los políticos, por hacer de la inmigración un arma arrojadiza y partidista; a los medios de comunicación social, por ahondar casi siempre en los aspectos más negativos; y a la sociedad española por ser tan reacia a los cambios. Y aún a riesgo de parecer demasiado severo, también a ciertos colectivos de inmigrantes les toca parte de responsabilidad. Para que la inmigración sea asumida con normalidad han de darse, en mi opinión, dos circunstancias: una, la aceptación del extranjero por parte del autóctono, y sobre este punto ya hemos visto que los españoles tenemos que hacer mucho mejor los deberes; pero, por otra, tan importante como la primera, es que el inmigrante haga un esfuerzo de integración. Y eso no quiere decir perder la identidad de los que llegan de fuera.