LA MARAÑA | O |
25 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.SE VIENE el fío con su cuchillo de hielo rasgando la ría. Quiebra el ambiente casi tangible que se había instalado entre nosotros y toma posiciones reinantes en la cima del San Lois y del Tremuzo. Apoya su helado codo en el Monte Louro y, como un banco de xoubas, ría adentro, llega hasta Portosín. Atrofia las sufridas rodillas de las mariscadoras en Taramancos y, bajo los puentes entra en Noia y se pierde en el Traba y en el Tambre inundando de escarcha sus orillas, ribeteando sus mangas de agua dulce, con un encaje de merengue finísimo y helado. Sin fijarnos en el espectáculo que la naturaleza representa ante nuestras butacas vacías, el gran teatro del mundo continúa su función día a día, hora a hora. Las bandadas de estorninos dibujan en los cielos la firma de Picasso y las ardillas, huyendo de la hambruna del monte quemado, trepan por los cipreses del cementerio y juegan al escondite sobre los panteones. En la calle, hollando la piedra milenaria, los ciudadanos seguimos el camino de hormiguitas laboriosas que aprendimos de nuestros antepasados. El camino de la soledad, el que no lleva a ninguna parte, ni siquiera a una región oscura de la galaxia. Nadie ha vuelto para decirnos a dónde conduce ese obsesivo camino, pero me temo que muy probablemente remate en un agujero netro y envolvente donde toda la humanidad pasada busca salida. Es el fin del fin. Es la soledad perfecta. Todos juntos, pegados cuerpo a cuerpo por el sudor pero solos. Así la vida no es más que un anticipo de lo que vendrá después. No es más la vida que una sesión de entrenamiento, un calentamiento de los músculos del alma. Los grandes lo saben y cuidan la musculatura del espíritu porque ahí reside la fuerza necesaria para afrontar la eternidad. Los pequeños somos unos glotones que nos pasamos la vida dando voces, irracionalmente sin reconocer a un amigo, sin amar. Generaciones y generaciones de usar y tirar, hasta que llega el día de la inmensa soledad. El día en el que la soberbia se desprende de tus meninges porque ya no le interesas y te quedas desnudo ante el género humano. Ese día nadie te reconoce porque te has pasado la vida sin reconocer a nadie. Rostros de usar y tirar, manos de usar y tirar, besos de usar y tirar. Entonces la soledad se instala en tu continente y el largo y aguzado cuchillo del frío que entra por la ría como un banco de xoubas amanece hundido en tu ombligo y el grito se te apaga porque ni siquiera te has preocupado de aprender un nombre. Así te quedas exámine, inerme, tan solo que tu castigo será encontrar la soledad para tener un punto de donde partir e intentar comenzar de nuevo.