La muerte del marqués

Maxi Olariaga

BARBANZA

22 nov 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Viene de publicar Manuel Varela Uña (Madrid, 1922) sus memorias. La portada, obra del insigne Peridis, ya da idea de las alturas en las que se mueve este hombre que, pudiendo haberlo sido, no es noiés de adopción. En su libro cuenta su trayectoria vital recorrida hasta hoy «a fuerza de tiempo». Antes de trazar un esbozo sobre la impresión que me causó el libro, he de decir que para los noieses como pueblo, esta familia siempre fue distante. Eran y son dueños de una finca maravillosa en medio de la villa, pero nunca fueron sentidos como piel de nuestra piel. Jamás se integraron en nuestras vidas, de modo que en el sentir popular se constata que la falta de cariño es recíproca. Esto no es malo ni bueno. Es un hecho.

De Noia, a la que cita con y griega, en cuanto a las personas con las que trató, solo se refiere don Manuel a las que de algún modo estuvieron a su servicio o al de su familia y solamente al final reconoce a cuatro amigos, veinte años más jóvenes que él, con los que charla a menudo, sobre todo de náutica. Es un desapego flagrante y un desinterés voluntario por este pueblo y sus gentes. Es rara cosa ya que los que hemos seguido a distancia su derrota y ahora hemos leído su libro de memorias, nos encontramos al gran hombre que es. Es el autor de su vida, una vida plena y bien aprovechada que enseña mucho y que debería ser seguida por los que la desconocen ya que, a través de sus días, se esclarece la historia última de España desde la República y sus quebrantos hasta la guerra civil del 36 pasando por el exilio familiar que noblemente reconoce se produjo por el miedo de su padre a la inestable situación en la que varios amigos fueron asesinados.

El propio Negrín les aconsejó que abandonasen el país cuanto antes. Este pasaje es deliciosamente trágico. No podemos hacernos una idea del horror que supone abandonar casa y hacienda y salir en un tren camino de Francia dejando atrás el amanecer de la guerra. En este viaje se encontraron incluso al ilustre Azorín que no abrió la boca en todo el trayecto.

Cuenta don Manuel también el retorno y su establecimiento en Madrid como ginecólogo en el hoy Hospital de la Princesa y la peripecia de su clínica privada, todo ello salpicado de anécdotas espléndidas e informativas del devenir social del franquismo en aquella España para no olvidar.

Desde el hecho puntual de que su padre asistió el parto del primer hijo de Castelao, el autor ya nos sumerge en su viaje por las salas de máquinas en las que se maniobró la singladura de la historia reciente. Así es que, formando como formó parte de la élite, uno puede enterarse de primera mano como la resistencia al franquismo existió en personas como él y otros a los que el régimen no perdía de vista.

Es muy significativo que estuviera presente don Manuel en la fundación de El País con Jesús de Polanco, José Ortega, Alberto Oliart y otros impulsores de la democracia que ya se avistaba en el horizonte. Ahí hubo que poner tiempo, dinero, disgustos y alegrías. Con Adolfo Suárez fue secretario de Estado para la Sanidad y tiene para mí el honor de que Rodolfo Martín Villa le impidió la llegada al Consejo de Ministros. Vivió desde dentro el Tejerazo (no se pierdan la conversación que mantuvo con un guardia civil en aquel trance). Más no acabo de quitarme la amargura de su desapego por Noia y sus gentes, cosa que sorprende en una persona de su intelectualidad.

Acaba su libro citando el estrambote de un soneto de Cervantes que dice así: «Y luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese? y no hubo nada». Tal vez sea eso.