Armas al hombro

Maxi Olariaga

BARBANZA

El gran Chaplin vio como el mundo salía desangrado de la Primera Guerra Mundial. Aún habría de ver la Segunda con sus cincuenta millones de muertos, los mismos que, en aquel año de 1918, se llevó la gripe, la influenza española, que, como una hoz perversa y oxidada, segó las naciones europeas, abarrotando los cementerios de niños y adultos asesinados por un enemigo invisible que los médicos no conseguían vencer. Blasco Ibáñez habría de situar su novela, Los cuatro jinetes del Apocalipsis, en esos días trágicos de muerte y destrucción, y los Testigos de Jehová señalaron aquella fecha como el inicio del reino de Cristo y, por tanto, el principio del fin de este sistema de cosas.

En efecto, en 1918, con la Gran Guerra finalizada, la epidemia de gripe campeando por Europa y la Revolución rusa con un año de vida abriéndose camino a sangre y fuego, cualquiera podía pensar que el fin del mundo conocido estaba a la vuelta de la esquina.

Pero el género humano es especialmente refractario a la destrucción y al caer la última hoja del calendario de aquel lustro grabado sobre su piel con un hierro llevado al rojo vivo en las mismísimas llamas del infierno, la ruleta giró loca haciendo bailar sobre su círculo astral a la bolita de plata que, suavemente, casi displicente, vino a alojarse en el número 20. ¡Los felices veinte! Ganaron todos y lo fueron a celebrar a los cabarets, entre champán, cantares y nubes de humo de tabaco y opio.

Las risas, el dispendio y la alegría del momento presente invadieron los salones y las tertulias de las alamedas y el mundo volvió a girar después de sacudirse el estremecimiento que congeló su ánimo. Chaplin y otros muchos lo vieron. El futuro, quiero decir, y entre aquellas risas locas, adivinaron el dolor infinito que como un puño de hierro iba atenazando la garganta del mundo, asfixiando su respiro, derrumbando la arquitectura de sus pulmones en los que la tuberculosis había horadado miles de cavernas por las que el aire se perdía hasta la extenuación.

Así fue que en 1929 el crac bursátil puso otra vez a la humanidad a los pies de los caballos y a Hitler y a sus nazis a ondear las banderas de guerra. Por eso el sabio Charlot seguía con las armas al hombro y no con el adiós a las armas que otros quisieron creer.

Hasta el día de hoy, las previsiones de aquel loco inglés que entre bromas y veras fue profetizando en todas y cada una de sus películas, se han ido cumpliendo y las armas siguen ahí, al hombro, para ser usadas en cualquier momento. Siguen ahí mejorando con el tiempo, como las buenas cosechas de vino, pulidas y brillantes, amenazadoras y asesinas.

Por si acaso las armas no bastaran para destruirnos, dejamos que la naturaleza, el medio en el que y por el cual permanecemos vivos, se arruine y alabamos a los que tienen el poder para detener el desastre. Damos estos días el Premio Nobel de la Paz a un hombre que no firma el tratado que habría de mejorar la conservación de la naturaleza y que aumenta sus tropas militares en los puntos de conflicto. Es una locura indecente la que nos está inexorablemente conduciendo al punto al que juramos no volver.

Nadie podrá alegar ignorancia cuando la muerte plante su lúgubre tienda en medio del páramo en el que habremos convertido nuestras almas y nuestras tierras. Entonces, como dejó dicho Chaplin, vendrán ellos, los de las armas al hombro, a foguear lo poco que quede de nosotros para que aprendamos que estas cosas no se hacen y que hay que ser más responsables ante la vida nuestra de cada día. Aquel día se apagará la luz y en el país de los ciegos, el tuerto será rey.