Esto no es una broma. Podría usted tomarlo por la tremenda como ha tomado otras cosas en su vida y romper en mil pedazos esta hojita de papel y arrojarla, desde el malecón, a la ría por si se diera la casualidad de que el delfín Gaspar la encontrara y tuviera un momento para leerla y transmitir su opinión a la fauna que navega infatigable bajo la superficie del mar.
Gaspar
no conoció a mi perro Casius . Usted tampoco. Pero si un día tuvo un perro, si lo tiene o medita lo conveniente que sería para su estabilidad y la de su familia conseguir uno, le advierto de que el asunto perruno anda estos días muy desprestigiado. Este mismo diario, en las últimas jornadas, está realizando una encuesta para averiguar los cuidados que usted tiene con las cacas de su animal. Defecaciones, dice este diario, de sus mascotas. Alarmado me he ido a lo que mi padre llama el mataburros , y, tal como sospechaba, la mascota es la persona, animal o cosa a los cuales se atribuyen virtudes para alejar desdichas o atraer la buena suerte.
¡Santo Dios! Mi Casius no era nada de eso. Mi Casius , fíjese en la fotografía, era un pero muy suyo, muy entendido, muy responsable y, sobre todo, muy leal. Casius fue el tercero de la generación. Su abuela se llamaba Kelly , su tío Scooby y él, tal vez porque nació el mismo día que el mártir romano, un profesor de historia nos animó a llamarle Casius .
Tenía Casius pocos rasgos humanos, es decir, era veraz, nada envidioso, leal, cariñoso y fiel. Sabía el lugar que ocupaba y el porqué. Su amo era la familia y de la familia él era el amo. Cantaba las noches de luna llena como un tuno borracho y cuando era necesario se tomaba el té de las cinco como un lord del parlamento británico. No se envanecía, no mentía, no traicionaba ni pedía más de lo necesario. Se buscaba la vida huerta abajo y huerta arriba persiguiendo a las abejas que se posaban en los rosales, como si fuera el sheriff del condado y, como diría mi hijo, era un buen tío como lo fueron su abuela Kelly y su tío Scooby . Casius, además, sabía cantar. Recuerdo las tardes de septiembre, cuando el sol se colgaba de monte Louro y se repeinaba mirándose en el espejo del Balcón de Pilatos. Yo tocaba mi vieja armónica de los tiempos destruidos y él ululaba como los lobos de Kevin Costner asaltados por la nieve y la soledad.
Los perros son buena gente. No así las personas. Desde que murió Casius nada volvió a ser lo mismo en casa. Se enfrió la hoguera y se rompió la cadena. No quiero más muertos, dijo mi padre. Y el futuro de Casius se quedó sin casa de acogida, Mi padre tenía razón. Lo había agotado ver cómo yo, con mis propias manos, enterraba en el jardincillo que la casa viste sobre el acantilado a tres generaciones. Creo que mi padre se cansó, al igual que yo, de contemplar el entierro de las buenas gentes.
Si usted tiene un perro se dará cuenta de que ninguno de sus amigos lo supera en generosidad. Yo no sé si alguien le ha escrito una necrológica a un perro mas hoy me mueve la mano invisible del dolor y, rodeado por la lluvia, se me han venido a la cabeza los viejos días en los que Kelly , Scooby y Casius alegraron las tardes ámbar de Xío y corretearon tras las maravillosas mariposas que me ensañaron a volar libre y a distinguir los colores de los que, en Copenhague, no quieren ni oír hablar. Estoy seguro de que cualquiera de los que fueron mis amores animales les diría un par de cosas a esa banda de trajeados personajes que llaman mascotas a sus amigos más leales.