Heridas

Maxi Olariaga

BARBANZA

21 ene 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

No es difícil no sentirse herido. En realidad uno tiene ocasión todos los días de su vida de que lo hieran y crece con esas lesiones amoratadas en los ojos y en el corazón. Hay mucha gente enfrente dispuesta a empuñar el látigo o la daga. Mucha gente ensimismada observando el vuelo de las moscas y de vez en cuando descargando el golpe sobre su prójimo sin el menor respeto por su vida.

Ya se habrá dado cuenta usted de que no hablo de las equivocaciones, de los errores inadvertidos que cometemos cada vez que en esta vida tropezamos con la misma piedra. No, no estoy hablando de los actos faltos de compás sino de quien hace de ellos profesión y uso continuo hasta vejar y enterrar a pisotones el alma de los que considera, ¡qué soberbia!, sus enemigos.

Hablo de las malas gentes que a uno le acosan como comisionistas del cobrador del frac. Gentes que le persiguen día y noche, mientras come, ama o duerme. Espíritus que se sumergen en sus sueños y lo hacen girar en una espiral etérea y endemoniada hasta dejarle sin aliento. Se despierta usted sudoroso y busca la luz, ¡la luz! Palpa las tinieblas asustado como un ciego recién llegado y busca en la oscuridad el interruptor que le devuelva al mundo conocido.

A esos me refiero. A los que le persiguen adonde quiera que usted vaya. Esos que le han herido y saben que la presa acosada por los canes está a punto de derrumbarse. Me conozco y conozco a mucha gente que huye constantemente del dolor de las heridas milenarias. Cuántas veces huí de la fatiga del silencio, del despertar del dolor, del eco del llanto inacabado?

Ya se lo he dicho anteriormente. Le perseguirán esas sombras durante toda su vida. Vaya adonde vaya, las sombras irán en pos de usted. No tendrá la suerte de Peter Pan que perdió su sombra en una casa decente de Londres, no. Su sombra y la de ellos estarán unidas a usted por los siglos de los siglos y no le dejarán, ni después de muerto, descansar en paz.

El odio es un mal orgasmo, la ira es su sadismo y el mal se descuelga de los ojos de sus enemigos cosiendo a navajazos su rostro que creía inmaculado. Solo hay un remedio para estas heridas. Breve receta: Lea poesía y, a poder ser, escriba versos. Piérdase en los ojos de su amor y descienda a los infiernos dos veces por lo menos. Una pizca de sal, un poquito de pimienta y siéntese a contemplar un cuadro de su maestro favorito. Fuego lento. Cuando ese guiso haga chup-chup, aplíqueselo en la piel del alma. Palabra de alquimista. Será libre.