Esa puerta abierta al abismo, ese paisaje, cualquier barbanzano lo habrá visto mil veces mil. Ese espejo de dos caras, esa aventura presentida que conduce a las Américas, a Nueva Zelanda, a Luzón y a Las Marquesas, la habrán adivinado una docena de locos escogidos por los dioses en día de resaca. Pero el deseo de poseer el límite que se adivina al final de esa escalera de agua salada, el ansia feroz de rebasar esa frontera esférica que se dibuja tras monte Louro, es algo que todos los seres humanos que han vuelto la cabeza para buscar su hondura, han sentido en los anillos más ocultos de la tormenta de sus almas.
Cuántas veces, atropellados por el tren de las miserias de la vida, hemos querido volar como albatros sobre la superficie del mar, navegar como delfines persiguiendo al arco iris hasta, rebasado el rostro serio de Fisterra, invadir el sol del hemisferio sur. Y allí, en las vegas floridas de ultramar, plantar nuestra tienda de techo de seda, perfumar el seno de nuestros amantes y beber el agua fresca que nos negaron los que dejamos atrás. Es un sueño abierto a la esperanza, a la última esperanza.
Esa puerta, esa mecedora de agua atormentada en la que el sol se bambolea cada tarde descansando mientras la fulgente Venus le abanica el rostro acosado por la luna, puede ser nuestro último suspiro, nuestro más querido sueño, nuestro secreto jamás revelado. Nadie puede privarnos del deseo, nadie tiene la llave de la puerta que lleva a nuestro cofre del tesoro. Nadie tiene derecho a robárnosla, a arrebatárnosla de nuestro puño cerrado como una concha de ostra con perla. Ese sueño de llegar al más allá todos lo hemos tenido y también todos hemos deseado que se cumpliera más de una vez, a condición de volver para contarlo. Para hacérselo saber a nuestros vecinos, a los amigos y a los enemigos, aquellos que ultrajamos y aquellos que nos ultrajaron.
Traspasar esa puerta de la esperanza y volver para contarlo, es una redención tan justa que nadie puede decir que nunca la haya deseado. Pero está tan lejos como las últimas dunas del desierto por el que llevamos caminando siglos. Siempre hay una duna detrás de la última duna y un horizonte detrás del último horizonte. El deseo es un intento de encender el motor de la soledad, una chispa húmeda que se ahoga en el vaho de las lágrimas que, impotentes, derramamos en las crueles horas de la noche. Acechan los fantasmas nuestro lecho y apenas, allá al fondo, podemos vislumbrar ese paisaje que nos habría devuelto la vida si nos hubiéramos atrevido a devorarlo, a traspasarlo sin coraza ni escudo. Pero está tan lejos, tan lejana esa luz que nos llama y nos atrae...
¿Por qué no se nos habrá concedido ese don? Viajar sobre las nubes y contar uno a uno los cabellos de la tierra. Viajar, migrar como las aves dibujando en el cielo triángulos redondos y esferas cuadradas. Aventurarse más allá del Gran Azul y flotar en las aristas de los pilares de nuestra galaxia. Ser magos de luz, ángeles transparentes, puros como el calor de las estrellas, como la profundidad de la mar que nos separa del más allá.
Pobres seres humanos, siempre persiguiendo lo que está fuera de nuestro alcance y dejando atrás el amor cotidiano, las verdades simples, la felicidad regalada, la vida fugaz que nos corresponde. Siempre a la carrera persiguiendo como galgos enloquecidos a la liebre mecánica del canódromo planetario. Pobres de nosotros porque teniéndolo todo bajo nuestros pies y sobre nuestras manos, hemos preferido soñar con lo imposible, con la inalcanzable soledad que arruinará de un solo golpe nuestra vida. Lo sabremos el día que el sol, tras monte Louro, dé un portazo que ciegue nuestros ojos y estos, al mirar hacia dentro, nos descubran que hemos perdido la última esperanza.