El buitre acecha

Maxi Olariaga

BARBANZA

14 mar 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

El horror es una pena tan grande como la paciencia del buitre carroñero que espera su turno. Tan grande es el horror que rebasa la tibia cavidad del vientre del alma, un saco sin fondo en el que tienen cabida todos los vicios y todas las virtudes que pueden lograr los seres humanos. El horror.., Dios mío, el horror es un buitre proletario, un pordiosero que espera a la puerta del comedor de beneficencia cuyos manteles se extienden sucios y grasientos sobre las grandes mesas de las sabanas de África, de las selvas de América, de los arrozales de Asia.

El buitre es paciente y paciente es el niño devorado por la pena y el hambre negras. Dentro del pecho que mantiene el débil aliento de ese niño no sonará el cascabel bullanguero de la infancia, ni sobre su piel desfilarán los besos de su madre muerta, ni se calentará su vida diminuta entre las manos negras de palmas blancas de su padre. Todos están muertos y el pobrecillo acude al desamparo de la tierra también muerta y da la espalda al verdugo alado que cerrará el círculo de su injusta existencia.

Es una fotografía sobrecogedora que aún vista al calor del sol del mediodía, hiela el aliento y enciende con un chispazo seco la estrella de la sensibilidad que milagrosamente mantenemos a punto de apagarse. Es una historia cotidiana, innecesaria y horrible que comparte nuestra opulencia y nuestra alegría de vivir. Es vergonzoso que nos peleemos por una prenda de marca, por una mesa en el restaurante de moda, por un viaje al último paraíso sin pensar, al menos una vez al día, en este dolor tan grande que todos hemos consentido que se instale en el mundo.

La excusa de que siempre ha sido así, se nos ha quedado corta. Ahora los medios de comunicación nos traen invitada a Doña Tragedia a nuestra casa todos los días y de par en par le abrimos la puerta y compartimos con ella el pato a la naranja, el cerdo agridulce y el vino de etiqueta dorada. Así que nadie podrá decir que nada sabía, que jamás había oído decir tales cosas. Más allá de donde anide ese buitre, aún más allá de donde, aventado, vaya a parar el polvo pisoteado de la osamenta de ese niño, puede que viva alguien que un día habrá de recordarnos nuestra brutalidad y nuestra saña.

Les contaré, a quien la ignore, esta historia. La fotografía la logró Kevin Carter, un joven fotógrafo que recorrió todos los jardines de la miseria de este mundo con su cámara al hombro. Carter (Johannesburgo, 1960) fotografió a esa niña sudanesa, en marzo de 1993 y la publicó en portada el día 26 del mismo mes en el New York Times . El impacto de la imagen fue tal que se reprodujo millones de veces y a Carter le valió la consecución del Premio Pulitzer en mayo de 1994. Pero Carter quedó herido de muerte por las consecuencias de la comercialización de aquel horror. En todas partes era recibido como «el fotógrafo del buitre» y aquella pesadilla no hubo alcohol ni droga que lograra ocultarla. Aquella herida tan grande se convirtió en una caverna de pus maloliente cuando su mejor amigo, el también reportero Ken Ooesterbroek, fue asesinado mientras tomaba fotos de una revuelta en arrabales de Johannesburgo.

No hacía ni dos meses que había ganado el Pulitzer cuando, sentado en su coche a la vera del río donde jugó de niño, a Kevin se le aparecieron sobre las aguas su amigo Ken, la niña sudanesa y el buitre paciente. No pudo más. Mediante una goma comunicó el tubo de escape con el interior del coche y se dejó ir llorando hacia donde el dolor de haber vivido quisiera conducirle. Vale la pena meditar un momento y luego que cada quién reanude su marcha hacia ninguna parte.