Solo el poeta sabe llorar ese dolor que, como un racimo de buganvillas, cuelga de las telarañas de la garganta. Solo él puede llegar navegando los mares desde el solsticio hasta la lejanía equinoccial que nos lancea mientras doblan por la otoñada las últimas campanas. «É primavera en Noia», y el grito traspasa los mares del sur como un narval que dirige su alegoría de unicornio al centro de nuestro corazón. «É primavera en Noia» y Avilés me sube a mi triciclo rojo en el que recorrí el mundo entero sin salir de mi calle. La aduana podía ser el estanco de Carolina y los muelles la imprenta de Laciana. Las farmacias de Antonio Busto y de Joaquina Baltar, dos hospitales de campaña, y las mercerías de Patiño y Finita, un zoco abarrotado de botones persas. Y había también una galería en la que habitaban los Titanes del Olimpo.
El cine, el Cine Galicia era la gran ciudad en la que, en residencias escondidas en sus colinas de oro, vivían James Dean, Marilyn Monroe, Montgomery Clift y el gran Chaplin. En los barrios periféricos bullía un firmamento a ras de suelo agobiado por el tráfico que dirigía uniformado de blanco el gran Manolo Morán que de reojo pasaba por alto un atraco a las tres, comandado por Gracita Morales y Cassen. En los colmados le pegaban al porrón Tony Leblanc y Pepe Orjas mientras veían pasar a Pepe Isbert esperando al Plan Marshall entre ejecución y ejecución de garrote vil al alba.
«É primavera en Noia», clamaba Avilés de Taramancos desde Colombia, y su voz llegaba a nuestras calles para despertarnos de aquella desdicha en la que nuestros padres vivían encadenados a una historia que no era suya sino de un militarote que aún hoy sobrevuela tejados poblados de gaviotas rabiosas. Los niños, solamente los niños que volábamos sobre los triciclos que nos prestábamos como hermanos sin pedir nada a cambio, éramos quienes percibíamos la voz; «o berro seco» y animoso del poeta. No solo lo oíamos. Lo veíamos venir saltando como una catarata desde los altos de Taramancos, bordeando A Chaínza y rodando como un balón de diamantes por el puente hasta detenerse en el paisaje desolado de la bajamar. Al igual que ahora, nuestros padres no entendieron el aviso de sus hijos y la vida se desmoronó poco a poco al mismo tiempo que la fachada del Cine Galicia se desplomaba sobre la calle herida de muerte por la lanzada cruel del progreso.
En aquellos días, mi abuelo Germán se sentaba frente al balcón con su hija Jesusa en brazos y la animaba a ver si conseguía descubrir tras los pinares del sur, la llegada de la primera golondrina. Días de gloria y de alegría que levantaban el sol a pulso de su cama oriental. Hoy aquellas golondrinas renegaron de nosotros al ver que una y otra vez la polución y la piqueta asaltaban sus habitaciones; y los gatos que peregrinaban los mapas de los tejados, se hicieron ermitaños y uno tras otro, abandonaron para siempre aquellas primaveras. En mi calle ya no quedan niños, ni golondrinas ni gatos al sol. La vulgaridad, invasiva como una lombriz tóxica, avanza inexorable pese a la resistencias de los últimos alientos que se evaporan envenenados por el fragor de las televisiones. Sé que estoy vivo porque aún me sobresalta la voz del poeta. «¡É primavera en Noia!»