Cuanto más planificado está el territorio menos libertad individual queda, porque todo está pensado por otras personas, en muchos casos ingenieros de otros lugares, desde un despacho, desde un ordenador, con unas normas. Cuantas más normas y más leyes se promulguen, menos capacidad tenemos de desarrollar el deseo, el placer de patear el territorio. ¿Cuántas veces les pasó que el paso de peatones no está colocado en el lugar por el que desearían cruzar la calle, y que seguramente sería el camino más corto y práctico? Y lo que es más fuerte: casi todo el mundo cruza por esa trayectoria «supuestamente ilegal» por sentido común.
Cuando nuestros antepasados se movían por el territorio, con vacas y ovejas, o simplemente caminaban, elegían el camino menos incómodo, el más racional. Con la masificación del tráfico rodado se puso de moda diseñar todo pensado en los coches, ignorando a las personas, y colocan los pasos de peatones dónde menos molestan a los coches. Pero mucha gente -me incluyo- cruza por el lugar más racional, intuitivo y cómodo.
Se llaman los caminos del deseo y vamos a recuperarlos. Muchas ciudades se han dado cuenta de que la felicidad y el deseo deben ser tenidos en cuenta en la planificación, y priman esos caminos sobre el tráfico rodado. Y así ha de ser, si no queremos peatones rebeldes que actúen con sentido común saltándose normas impuestas desde un despacho. Pero es necesario planificarlo y señalizarlo para evitar accidentes, porque al volante se razona mucho menos que a pie -salvo los que van mirando el móvil-.