Un conocido mío suele afirmar que determinado estilo de películas de ficción dirigidas al público infantil han hecho mucho daño. No sé si la gran pantalla es la responsable de que en lugar de ver a los delfines como lo que son, animales salvajes, se tenga la impresión de que pueden domesticarse o si es que los seres humanos nos dejamos arrastrar por la convicción errónea de que podemos controlar la naturaleza. Lo que sí es una certeza es que la presencia de Manoliño en la ría de Muros-Noia es un problema que pone en riesgo la actividad de los profesionales del mar, y ya veremos qué sucede con quienes acuden a las playas para disfrutar de su tiempo de ocio.
Es llamativo que, pese a las reiteradas advertencias, los bañistas hagan caso omiso de la recomendación de no interactuar con el animal. Ahora el daño ya está hecho, lo peor serán las consecuencias. Porque Manoliño está en su medio, que domina a la perfección, y los demás estamos en el agua de prestado. Unos para aprovecharse de la explotación de sus recursos naturales, otros para refrescarnos cuando el calor aprieta y unos terceros que buscan en la inmensidad marina el divertimento deportivo.
Los biólogos reconocen que existe un problema y que la solución no es fácil. Todos buscan alternativas y ha empezado el clásico peloteo sobre quién tiene las competencias sobre qué.
Lo mejor sería que Manoliño se marchase por donde ha venido, pero parece que le ha cogido cariño a la ría de Muros-Noia y en vez de echar balones fuera será mejor que, con ayuda de profesionales, elegir la mejor opción.