El deporte profesional, especialmente en las modalidades de competición individual o aquellas de carácter más minoritario, me parece tan sacrificado que, si fuera por mi, todos los que logran la clasificación para las olimpiadas se llevarían, de entrada, un oro. Por eso, como barbanzana, siento un gran respeto y admiración por cada uno de los olímpicos, los presentes y los pasados, que han representado a la comarca o lo están haciendo estos días en los juegos, los de Tokio y los anteriores; los olímpicos y los paralímpicos. Detrás de ese sueño que representa para ellos haber logrado su objetivo y del orgullo que debe significar para todos los que residen en la tierra a la que pertenecen su participación, hay muchos días de renuncias, muchas horas de entrenamiento. No debe resultar sencilla tanta entrega y ni el sacrificio de una juventud en la que cada hora del día está pautada para lograr los objetivos.
Ellos, y otros de otras zonas gallegas que han estado ahí dándolo todo, avanzando posiciones competición tras competición para alcanzar el sueño olímpico, deberían ser los mitos de los jóvenes. También todos aquellos que lo han intentado y a quienes la mala fortuna los ha apartado de su aspiración. Son ídolos mucho más cercanos que esas estrellas de relumbrón que suelen acaparar todas las miradas.
Son un referente y cada uno de ellos sitúa a la zona barbanzana en el podio del esfuerzo.
Es una lástima que este virus que se aferra por continuar vivo haya obligado a minimizar la asistencia a los recibimientos que cada uno de estos deportistas merece. Pese a ello, se ha intentado que sientan el calor de sus vecinos y solo cabe esperar que sean el referente de los que vienen detrás.