Anadie coge por sorpresa decir que Barbanza atesora un sinfín de rincones idílicos donde poder disfrutar de la naturaleza contemplando las mejores vistas. Lo peor es que, en muchas ocasiones, para acceder a estos entornos privilegiados el paisano de a pie se ve obligado a ir sorteando singulares obstáculos que van dejando sus vecinos, y que consiguen estropear una panorámica de postal.

Sirvan como ejemplo las decenas de latas vacías de cervezas, refrescos, bolsas de patatas fritas, chuches, pipas y demás -incluidas mascarillas usadas- que pueden encontrarse en los lugares más peculiares: entre las rocas y escaleras de un paseo marítimo, en lavaderos, en las cunetas de las carreteras que conducen a los arenales y parques, o simplemente en una acera o jardín situado en pleno casco urbano.

A toda esta población incívica se une otro grupo no menos irresponsable: los propietarios de mascotas. No todos son iguales, pero basta darse un paseo por cualquier municipio para comprobar que sus calles están sembradas de excrementos de perros que sus dueños no han tenido a bien recoger, igual pensando que no quedaban tan mal como elemento decorativo para aportar un poco de colorido y olor al paisaje.

Es verdad que la limpieza brilla por su ausencia en muchas zonas de la comarca, pero lo cierto es que en muchas ocasiones no es culpa de los responsables municipales, sino de la pandilla de cerdos que hay en cada concello: unos individuos que piensan que las calles son un estercolero. Si cuidan así lo que es de todos, a saber como tienen sus casas.