Cuarta dosis

Cristóbal Ramírez

BARBANZA

07 nov 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Es bien cierto: por suerte, los movimientos en el vacunódromo del Gaiás ya se han ritualizado. En ningún momento se respira la tensión de la primera vez, aquellos nervios, algún desmayo aislado, empujones en la cola, aquel o aquella que haciéndose el despistado o despistada («solo voy a ver si está ahí mi marido») se intentaba colar, algún grito soterrado de apártese más que me puede contagiar, las malas caras, los vigilantes haciendo acopio de paciencia, los gestos a veces poco cordiales con el personal del Sergas… Todo eso desapareció. Al menos el día que estuve yo por allí a por la cuarta dosis, el 3, el jueves pasado. Y eso que la cola era tan enorme que, a pesar de que las ATS (así, en femenino; muy pocos varones había) iban a un ritmo que desde luego tuvieron que acabar agotadas, el firmante se pasó 43 minutos en la cola, aguantando un viento frío.

Pero la atmósfera había cambiado, y para muy bien. La auxiliar que organizaba el pase a los cubículos soltó la risa cuando le pedí un descafeinado, y me respondió que solo tenían churrasco. Demasiado temprano, le respondí, solo son las once y media, así que me voy a vacunar. Y las dos ATS que me atendieron en el cubículo 6 entraron a una broma similar mientras hacían su trabajo con gran diligencia, humanidad y profesionalidad.

La reflexión viene a cuento porque que el covid nos ha entristecido es obvio, pero la vida sigue. Recuperar la alegría como pueblo, sin olvidar para nada a los que se ha llevado la pandemia, es fundamental para desear despertar mañana. Y el Sergas está contribuyendo a que vuelva el optimismo. Por lo menos aquella auxiliar y aquellas dos ATS, a quienes les solté el gracias más sincero de mi vida.