
Mi hija es mi ilusión y mi biblioteca es mi proyecto
19 dic 2024 . Actualizado a las 05:00 h.Regalar libros es algo que me gusta casi tanto como recibir un libro de regalo. Quien te regala un libro ensancha tu vida. Mi hija es mi ilusión y mi biblioteca es mi proyecto, mi huella, mi análisis de sangre que no solo revela qué he sido sino, principalmente, lo que he querido llegar a ser. Comprar un libro a alguien supone concederle al menos el estar vivo el tiempo suficiente para leerlo, supone aceptar que existe un futuro.
Lo primero en que me fijo en casa de alguien es en su biblioteca. La biblioteca de un piso es un resumen de su habitante. Y yo, que soy muy maruja, miro, toco, fisgo entre los títulos, alabo el buen gusto alguna vez y otras intento tirar el 50 sombras de Grey por la ventana si no me ven. Esos libros me muestran qué han leído, sí, pero también qué no han podido o no han querido leer. Una estantería es un testigo; un marcapáginas, un imputado.
A un adolescente hay que regalarle El curioso incidente del perro a medianoche de Mark Haddon, para mostrarle que la literatura puede meterte en la mente de alguien distinto a ti mejor que cualquier serie. A tu mujer regálale Una temporada en el purgatorio de Dominick Dunne, porque es un prodigio del ritmo y la elegancia.
A tu padre hay que regalarle La conjura de los necios de J. K. Toole, porque se va a morir de risa e incluso se va a sentir identificado. A tu madre, Historia de dos ciudades de Dickens, porque si aún te quiere es porque cree en la redención. Y a ti este año, que por fin te apuntas al gimnasio, te regalas El sol y el acero de Mishima. Guíate por mí.